Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

sábado, 22 de junio de 2013

Días de escuela en el Cervantes



   
      
   

    Desde el colegio Cervantes, que abandonaron hace un tiempo mis tiernos infantes camino de cotas más altas, me pidieron que colaborara en un loable proyecto. Se trataba de reflejar las vivencias escritas, que junto a las de otros mortales habrán de conformar un libro si se puede y llega el caso, que habrían de despertarme, en el alma y los sentidos, el paso, hace ya unas décadas, por tan añorado lugar. Y el parto fue este escrito, que ante todo deseo y quiero que sirva de sentido homenaje a los que plasmados en el quedan, porque a su trabajo y buen hacer debe este escritor de pacotilla las pocas sapiencias y conocimientos que atesora hoy en día. Y también hube de acordarme de mi añorado Labordeta, que como maestro de oficio que era, plasmó magistralmente en una de sus canciones las vicisitudes del arte del enseñar. Así, que va por ellos. Espero que os guste ….



     Aun conservo el recuerdo, es algo que lleva aparejado el discurrir de la vida en lugares pequeños como el pueblo, del día en que se empezó a comentar por sus rincones que iban a construir un instituto en la villa. Debió ser por los años en que era alcalde de la misma Manuel Navarro Salazar, que hubo de pasar a los anales de la historia santacruceña con el conocido apodo del Boterillo. Y el recuerdo se me transforma en nostalgia, por los días vividos y el tiempo pasado, cuando también me llegan hasta la mente las horas que pasábamos por los aledaños del parque para comprobar y ver, no fueran a engañarnos, con nuestros sorprendidos ojos de pequeños infantes, la evolución de tan grandiosa obra, mientras pensaba, que más pronto que tarde habría de estudiar en aquellas aulas.
     Un servidor procedía, porque fue su primer destino escolar, de las lóbregas aulas conventuales del colegio de las Madres Concepcionistas, de quien muchos hombres y mujeres de este manchego lugar guardaran una respetable y grata recordación, que en el caso de este humilde escribiente queda difuminada en anécdotas incontables que no hubieron de ser buen caldo de cultivo, puesto que el día que traspasé aquellas murallas camino de las Escuelas Nacionales del Jardinillo se me antoja, pasados ya muchos años,  de los más felices de mi vida.
     Mas si me piden que recuerde y que mi vana memoria rememore que fue lo más resaltable de lo vivido entre las paredes del hoy añejo instituto a buen seguro habré de decepcionarles, porque si algo me viene a la cabeza conservándose aun fresco es cosa que inusitada puede parecer en el presente, pero que entonces, en aquellos años de ostracismo sombrío, era asunto destinado a reyes. Y les cuento, deshojando la margarita. Al llegar a la escuelas nacionales mencionadas tuve la gran suerte de caer en las manos de quien habría de ser con el paso de los años mi maestro y amigo, en el sentido más amplio del término y la palabra, Eugenio Laguna Saavedra, pequeño de estatura y con el corazón grande. De su mano anduve aquellos primeros años, de él aprendí las elementales reglas del conocimiento, y otras tan necesarias como la educación, el respeto y los buenos comportamientos.
     Pero imagínense, amantísimos lectores, que en el mencionado colegio todo lo que había era vetusto, arcaico y como sobrevenido de un tiempo añejo. Por ello no se extrañen si les refiero que llegado el día en que encaminamos los pasos en fila india hasta el Colegio Público Cervantes para tomar posesión de los nuevos dominios todo lo que encontramos a nuestro alrededor era como de cuento de hadas. Pupitres nuevos, pizarras de un verdor que deslumbraba y hasta calefacción central, que habría de hacernos olvidar, de una vez y por siempre, la estufa recalentada de butano que tan solo calentaba la punta de los pies de Don Eugenio. Hasta gimnasio había, con potro, caballo, plinto y espalderas, que me hicieron temblar por el solo hecho de pensar que hubiera de saltar tan  infaustos aparatos a los que de por vida tuve inquina. Más si algo hubo, y es a lo que me refería al principio del escrito, que deslumbró mis sentidos de aquel tiempo fueron los aseos, lavabos, wáteres o como le quieran llamar, que nada tenían que ver con los apestosos retretes que habíamos soportado durante toda nuestra vida escolar y que en la anterior escuela mencionada eran comunales con lo que convertidos en impracticables quedaban al rato de haber empezado a usarse.
     Pertenezco a la primera generación de escolares que hicieron el cambio del antiguo bachillerato a la Enseñanza General Básica con lo que también soy de los primeros que entraron por la puerta del Cervantes, hasta entonces ocupado por los bachilleres y he de decir que el recuerdo conservado de aquellos días permanece cada vez que traspaso la puerta del Colegio, porque en el fondo todo sigue inalterable y casi de la misma manera, con lo que la experiencia es grata porque significa perder años y volver, como en una máquina del tiempo, a la época de la infancia, esa que tendemos a ver en color aunque a veces fuese en blanco y negro. A las horas del recreo, entonces no existía pista polideportiva ni patios adecuados para los juegos, salíamos como impulsados por cohetes en el culo hasta las cercanas eras, hoy ocupadas por instalaciones dedicadas a la práctica del deporte, donde a pedradas nos abríamos la cabeza o nos quebrábamos los huesos.
      Dice el rico refranero que es de bien nacidos el ser agradecidos y es por ello que mi gratitud habrá de extenderse hasta recordar el nombre de María Teresa Martín, que me alentó, y mucho, en el asunto de la escritura, Josefa Hellín de Vivar, que capaz fue de enseñarme lo que aún comprendo del francés, Francisco de Gracia, que me inculcó el amor por los libros y las letras, Antonio Ruiz, que pugnó y consiguió que las matemáticas incubaran por un tiempo en un cerebro poco predispuesto a las formulas y los números, y ante todo y sobre todo, mi eterno agradecimiento a Eugenio Laguna Saavedra, que me hizo comprender que el viejo dicho tan en boga en aquellos años de que “las letras con sangre entran”, era cuestión de acémilas y gentes de baja estopa. Jamás le vi, fuera de los usuales capones que necesarios eran para dar conocimiento a ciertas cabezas llenas de paja, usar la fuerza en el ejercicio de su noble oficio y eso a un servidor, que había sufrido en sus carnes métodos más expeditivos en las primeras andanzas colegiales de triste recuerdo, le vino a resultar como maná caído del cielo.
     Ahora, una vez que mi vástago primogénito y su hermana partieron para otros lugares, solo me queda pensar que habrá de llegar el día, me da que habré de tener mal pelo, en que vuelva a traspasar la puerta del colegio cogiendo la mano de los nietos. Mientras llega ese momento, si es que le da por venir, andaré por sus añejos pasillos cada vez que elecciones se celebren y no duden, sufridos lectores, que el viento del recuerdo habrá de volver a anidar en mí ser como una llama.



sábado, 8 de junio de 2013

Parece que fue ayer ....


                             
                             

                           
                           
                                     Parece que fue ayer
cuando la luna de cada noche
me traía a Jacques Brel
cantando Ne me quitte pas.
Parece que fue ayer
cuando el alma encendida
entonaba las canciones de Dylan
donde la respuesta estaba en el viento.
Volaban ilusiones,
y la mente se paseaba lentamente
por la feria de Scarboroug
deteniéndose a pensar meditabunda
en viejos puentes azotados
por aguas turbulentas,
para cantarle
bellas canciones de amor a Suzanne.
Parece que fue ayer
cuando las saladas lágrimas
fluían por amores perdidos
escuchando La Meteque.
Hace tanto tiempo
que en la lumbre
ardían, entonadas por Serrat,
tiernas palabras de amor.
¡Que terrible añoranza me invade!
Parece que fue ayer.