Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

domingo, 24 de marzo de 2013

Del oficio peluquero, sus pormenores y la melena desmelenada del Nazareno.


     

     Ya les hablé en relatos anteriores y en otras ocasiones perdidas de las condiciones de vida en la infame casa de mi infancia y de cómo el frío habitaba en sus rincones igual que anidaban las golondrinas viajeras en los aleros de los tejados a partir del día del Ángel. Eso era al menos lo que me contaba cada año, a primeros de marzo y al albor de la primavera con sus trinos la Tía María. Debía ser por aquello de que a un servidor al nacer, al contemplarlo escueto y como breve de peso, no hubieron de conformarse con ponerle solo el nombre que ya portaba en origen su progenitor y que como bien saben es Mauro, sino que muy al contrario le colgaron como un escapulario procesional en Semana Santa la medalla del Ángel porque, según afirmaba la susodicha, al vislumbrarlo tan escaso de hechuras y peso bien pareció parecerles que la criatura era en verdad un “angelico” a la espera de que el sumo hacedor le acogiese prontamente en su amoroso seno, aunque miren por dónde se equivocaron. Ellos y el negro Peñin, médico de la villa y extramuros que empeñado estaba en darme el viático antes de tiempo, ¡y no imaginan lo que me alegra!, de que ni imaginar entonces pudieran, las cervezas y chatos de vino que habría de dejar pasar por su garganta aquel pobre gorrioncillo que ni el agua por entonces quería.
     Más no era la intención de este relato el hablar de semejantes hechos acontecidos, sino más bien relatar los acontecimientos y pasares que ocurrían y pasaban en la peluquería que había en la vetusta mansión de mi tierna niñez. Por ello, les cuento. En origen y principio, el negocio, vetusto y hasta arcaico, pertenecía a la Tía María, que como ya comenté en otra ocasión peinó cabezas de abolengo, cuna de oro y poderío, en aquellos tiempos de oprobio y vergüenza. Y no crean que les asevero esto solo por el hecho de que fuese de ignominia aquella época, que lo era, sino que lo hago porque aquellas altivas señoras regateaban el precio, igual que lo hacían los pobres de solemnidad, a quienes vilipendiaban, en los puestos del mercado cada día al amanecer. En verdad, también es cierto que tenían pocos salones de belleza donde elegir y las exigencias en los asuntos del peinado y la moda eran escasas.
     Si es de razón, mencionar que llegadas las fechas cercanas a la celebración de la Semana Santa, de tanta religiosidad y recogimiento en aquel tiempo, ¡figúrense que los cines cerraban sus puertas, los bares apagaban las luces al paso de las procesiones y sus ocupantes, muchos a su pesar, salían hasta la calle para ver con devoción el paso procesional de imágenes y cofrades!, le enviaban a la Tía María, bien envuelta y embalada en una caja de cartón la peluca de El Nazareno para que procediese a su lavado con peinado incluido, y no vean el cirio que se montaba. En principio y debido al ajetreo de los días de fiesta que se avecinaban, la parroquia del establecimiento peluquero crecía sin cesar y dado que los procederes, utensilios y aparejos que entonces se utilizaban en el arte del peluquero oficio eran escasos y hasta irrisorios, los horarios de apertura y cierre se prolongaban interminables pudiendo comprender desde los albores de la venida del sol hasta el despertar del Conde Drácula en su tranquilo aposento.
     Baste decir que el agua potable reinaba por su ausencia y era del pozo que estaba al final del patio, donde Cristo perdió el mechero, y que debía ser acarreada en cubos, ¡me río ahora de los que diagnostican que la cal es dañina para el cuero cabelludo!, la que se utilizaba, calentada de antemano en los infernales infernillos que ardían rebozados en humo negro por la combustión del petróleo que a granel comprábamos en el  dispensario que tenía Bernardo en la Plaza del Generalísimo para lavar las cabezas, con jabón Lagarto o del que se hacía a mano y artesanalmente, de las pudientes señoras y de alguna otra que con menos posibles, aunque de todo había, asomaba con la testa plagada en un mar de piojos.
     Volviendo a la peluca, que después me lío cual madeja entre las manos de hacendosa abuela, hecho que dejé aparcado para poner al amable lector en antecedentes, habré de decir que su atalaje, por aquello de que habrían de verla pasar en procesión sobre la cabeza del Nazareno todas las almas del pueblo, o al menos las que creían y profesaban tan pías manifestaciones religiosas, era asunto que se acometía con paciencia y dedicación, además de con primoroso tacto, cuando las tareas propias del negocio se habían dado por terminadas, o lo que es igual como a las doce de la noche, al resurgir de la luna y los luceros. Y continúo.
      Primero se escogía sin sorteo y por designio al primer portador de la cabellera artificial, de la que la Tía María decía aquello del: “esta es de pelo bueno”, comentario que le daba en que pensar a mi tierna imaginación de infante si muertos estarían y criando malvas los portadores de tan poblada pelambre en otro tiempo y segundo, y casi probable, me tocaba sin dilación el primer turno como maniquí portador de la peluca. Metido en faena y tieso como el Cid Campeador empalado en su caballo, resistía los primeros envites de la faena en un sillón de sólidos muelles, de la marca Eugene, que aún conservo entre el mar de desechos que habitan mi casa de Las Virtudes y así, entre los calores propios que afloran por la cabeza cuando elementos extraños la cubren y envuelto entre sudores y jadeos, empezaba el cepillado de aquella melena celestial que me hacía parecer, con pelo largo y a lo hippie, por tiempo escaso John Lennon.
     Era entonces cuando comenzaba la segunda parte de la faena, la de ir colocando unas pinzas curvadas sobre el cuero cabelludo artificial para que el pelo quedase adornado con lo que venían a llamarse ondas, muy en boga por aquel tiempo, y odiosas hasta el hartazgo de soportar el dolor insoportable que provocaban cuando se clavaban inmisericordes en la piel de mi propia cabeza, que no en vano y soportando estos envites debió de quedar, entre los arduos calores de aquel horno improvisado tan para el arrastre, que ni los litros de Abrótano Macho que hubo de comprar después mi progenitora madre con celeridad a cuantos viajantes y vendedores de potingues peluqueros asomaron la testa por aquel paraíso de la belleza, pudieron impedir que al igual que Teo, aunque a este lo bautizaron con Salfuman, agua fuerte para entendernos, quedase más pronto que tarde con la mollera tan reluciente que una patena.
    En el primer tramo de la madrugada, a eso de las dos de la mañana, se podían oír dos cosas bien diferenciadas procedentes del dormitorio de mis progenitores. los ronquidos de mi padre o sus voces que clamando al cielo imploraban para que apagásemos de una vez la puñetera luz, mientras era obligado hacer un cambio de turno en la sostenibilidad del tentetieso que pasaba a adornar, trasladado con esmero y mucho cuidado, la testuz de mi madre, mientras que la Tía María se disponía a enfrentar el último escollo de tan ajetreada noche, el de colocar en el final de tan venerado pelo los tirabuzones, muy en boga por aquellos tiempos y que son para quien no lo sepa porque ahora se ven poco y están como pasados de moda un tipo de rizo largo en forma de tubo que otorgaba al peinado una apariencia elegante y que eran el resultado de calentar un aparato o pinza, ahora no consigo recordarlo, en el que se enrollaba el pelo hasta que por el efecto del calor quedaba hecho un bucle.
     Con el cantar de los gallos se daba por terminada tan ardua labor quedando la pelambre puesta como en exposición sobre uno de los secadores de pelo que había en aquel local peluquero a la espera de que a primeras horas de la mañana fuera el cofrade responsable a recogerla. Llegado era entonces el momento en que todos los integrantes del clan nos encaminábamos, unas veces hacia los aposentos en busca del merecido descanso y otras si ánimo había, aunque solía ser en la mañana del Viernes Santo a la vuelta de la Procesión del Silencio cuando se procedía, a la elaboración de borrachillos, empanadillas y postres tan variados como las natillas, el arroz con leche y el brazo de gitano, que junto con el bacalao rebozado y el potaje de espinacas, que me provocaba y provoca flatulencias convertidas en mil pedos, eran y son platos muy propios de la Semana Santa.
     Creo recordar con claridad certera, aunque igual pierdo el norte, un dicho que decía aquello del:”tres días hay en el año que relucen más que el sol, Viernes Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”. Nada se decía del Domingo de Ramos, aunque cierto es que si a la amanecida de tan renombrada fecha lucía el sol y el cielo afloraba claro por los cuatro puntos cardinales, íbamos todos como en comitiva a ver desfilar la procesión a su paso por la calle Real comprobando como la gente se deshacía en elogios refiriendo lo bien peinada que iba la cabellera postiza. Y muy al contrario, si al rayar el alba, se barruntaba lluvia, viento e inclemencias varias, nos quedábamos en la lóbrega casa de mi infancia al cobijo de las sayas y el brasero, temiendo que pasar pasara, que alguna fémina desaprensiva, en esto las damas resultan sumamente nocivas, exclamara al ver venir al Nazareno, con la melena al viento y desmelenado, el temido comentario que decir decía fluctuando entre la sorna y el cachondeo: ¡Que arte le ha “echao” este año la María al “peinao” de la peluca!.


sábado, 9 de marzo de 2013

Del buen yantar, entre escuelas y hospitales.


  




    
  Dando vueltas, tantas como daba el azúcar blanco dentro del espeso café negro que degustaba Juanito Apolinar en el Circulo del Recreo durante las frías noches de invierno del final de los días de bruma que coronaban el termino de la década de los sesenta, aquella en la  que afloraron al perfil de la historia mitos que aun siguen vivos como los Beatles, he llegado hasta la puerta del Restaurante Europa que todos los que habiten las jachas tierras habrán de saber, a buen seguro, donde se encuentra, pero que muy al contrario aquellos que no sean oriundos de estos sagrados lugares se preguntaran de que les estoy hablando.
     Por ello les digo y les cuento que el citado establecimiento  hostelero se encuentra anclado, o sito para resultar más fino, en la vecina y muy heroica ciudad de Valdepeñas, que es vecina por aquello de que está a tan solo dieciséis kilómetros del pueblo con sus gallinas y heroica porque los jachos, que es el apelativo “cariñoso” que reciben hasta odiarlo y llegar a las manos con quien nombrarlo solo lo nombre ante sus narices, fueron capaces de repeler, como más tarde lo harían en el pueblo y sus contornos los churriegos, con palos, piedras y todo utensilio que contundente fuera al gabacho francés que invadió esta llanura del Quijote cuando apenas asomaba sus albores el lejano siglo XIX.
     Les digo, aunque parecerlo pueda, que no me encuentro ante sus puertas por capricho, ya que intuyo que ustedes imaginan a este escribidor oliendo la barra de los bares como el ratón hociquea con anhelo el queso pero en esta ocasión quien juzgue el hecho por semejante razón se equivoca porque acudir acudo a la llamada del hambre, esa que me devora las tripas desde hace tres días, justo los que llevo encerrado entre las lúgubres paredes del Hospital Gutiérrez Ortega de Valdepeñas a la espera de que la hacedora de mis días se recupere del penúltimo mazazo en su mala salud de hierro. Ya saben ustedes que en estos lugares de curación suele haber máquinas expendedoras de todo tipo de productos: bollería, refrescos, agua y hasta sándwiches de jamón, atún y tortilla de patatas, pero en cuestiones de alimentar el hambre uno es como es, chapado a la antigua y de gustos anclados en la máxima de los potajes y los platos de cuchara.
     Es por ello que una vez aposentado en la mesa y vistos los menús que en la carta se me  ofrecen opto por pedir un estofado de ternera con patatas y verduras para calmar de entrada el hambre latente y un bacalao a la marinera como segundo para alejar de una vez por todas los fantasmas de la hambruna y sus augurios. Mientras espero la llegada de tan sublimes viandas observo, porque es cosa que me gusta y afición que porto desde mis días de tierno infante a los comensales que se encuentran salpicados por las mesas del comedor que en esos momentos se encuentra a medio gas de ocupación y que habrá de llegar a completar su pleno aforo cuando parta por la puerta con la barriga bien llena.
     Entre ellos contemplo los concisos movimientos que con la mano realiza un pájaro varonil de edad mediana que habla a través de un móvil de última generación mientras toma notas en su agenda con un bolígrafo que parece sacado del bolsillo de un albañil. Es verde, de esos de plástico con la propaganda serigrafiada en letras descomunales de color blanco y me pregunto si no habrá agenciado el que parece ser ejecutivo de poco pelo capital suficiente para comprar una pluma estilográfica o herramienta similar de cómo más empaque y prestigio, porque imaginen y les dará la risa, la estampa que se retrata sacando las fotos del tonto de tres al cuarto con el Iphone en una mano y el bolígrafo de pasta en la contraria.
     Devoro con deleite el primer plato que me resulta exquisito. Como he dicho es un guiso de ternera muy sabroso con verduras a las que a pesar de mi eterna inquina acojo con fervor en mi estomago anheloso, mientras voy echando tientos de la botella de vino tinto que me han servido con el menú, tratando a su vez de dejar hueco en la caverna para la acogida del esperado bacalao que llega reposado y glorioso en un plato de colosales dimensiones adornado con unas patatas cocidas. No demoro más el relato de esta suntuosa comida que resulta plenamente de mi agrado y así una vez terminado el banquete, todo por el módico precio de 15 €, encamino mis pasos hacia la calle y me dispongo, muy bien comido y saciado, a realizar una visita  a la progenitora en el Hospital. Siempre me pusieron, como a cada hijo de vecino, los pelos de punta estos lugares de soledad por el ambiente de angustia y dolor que en ellos se vive, por la impotencia que entre sus paredes siente el ser humano cuando no vislumbra el final de los lóbregos corredores de la enfermedad y el desamparo. Encuentro a mi madre entre las nubes de un reparador sueño y vislumbro la ocasión apetecida de salir a dar un paseo que ayude a bajar hasta las tripas los residuos del condumio consumido. Es así como encamino mis pasos hasta el parque, donde se encuentra la añeja Escuela de Maestría Industrial, hoy instituto de de secundaria de Gregorio Prieto, que es el lugar donde un servidor de ustedes cursó sus exiguos y desastrosos estudios de Formación Profesional en la rama de electricidad. Ya les conté en su día algunos de los avatares vividos en aquella escuela y más en concreto en las clases de gimnasia que impartía El Morgan. Me tiemblan aún las canillas cuando recuerdo al profesor de dibujo que apodaban Mediometro por la escasez de su estatura compensada crecidamente con elevadas dosis de mala hostia y me suben hasta el entrecejo vapores y hasta vahos insufribles cuando vislumbro entre las tinieblas de la recordación el semblante de Caraminda impartiendo sus tediosas clases de Física y Química entre suspiros y bostezos.
     Y como si de un cúmulo de ajados fotogramas se tratara pasa ante mis ojos la  película de aquellos años, mientras observo como la casa del guarda que abría cada mañana la puerta de la escuela continúa en el mismo lugar casi cuatro décadas más tarde; igual sucede con el bar donde hube de pasar interminables horas sustraídas de clases a las que no asistía y paseando con calma por los exteriores vuelvo a visionar los aconteceres de aquel tiempo, los juegos en los patios, las carreras de cinco mil metros azuzados por el Morgan, en las que el corazón latía inmisericorde pugnando por salir de su habitáculo y los interminables lapsos de tiempo, que eran los más abundantes, utilizados en el divagar terreno de pensar como abstraídos en no hacer nada que no fuera otra cosa que encaminar nuestros pasos de febriles adolescentes en el candor de la edad hacia la taberna inmunda que tenía Bernabé en las entrañas del cercano parque valdepeñero, donde degustábamos las primeras cervezas y litros de vino,(… que pedal cogió el Tartaja), que mojaban nuestro sediento gaznate entre tapas de huevo duro, patatas cocidas con picante y lo que a bien tuviera ofrecernos aquel buen hombre a quien la limpieza del establecimiento era asunto que le pasaba por las partes bajas, pero que a cambio ofrecía cantidad de sustento al caminante bajo el reclamo del cartel  que anunciaba con grandes letras escritas como en desbandada aquel decir que decía:”Si quieres comer y beber, vente al bar de Bernabé”.

     Empieza a llover con intensidad cuando encamino mis pasos hacia la tienda de los chinos que hay cerca del hospital con la intención de comprar un cuaderno donde plasmar estos retazos del tiempo perdido, mientras dispongo el cuerpo y el alma para pasar otra noche triste de hospital, oscura, tenebrosa y negra como la boca de un lobo.