Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

miércoles, 18 de julio de 2012

Reflexiones Marianas

     Ya supongo, queridas y queridos míos, que esperando estaban que les llegara la segunda parte de los hechos acaecidos al entrar en La Colina, durante la noche de bruma que este escribidor deslavazado les relató en el anterior escrito, pero como bien sé, que a su vez bien saben, eso de que suelo saltar sin control de mata en mata, les pido que tengan a bien esperar, no sé ni cuánto, a que este cerebro maltrecho recopile, junte y pegue aquellos momentos pasados para volver sobre mis pasos a esa noche en que hasta el mismísimo conde Dracula podría haber regresado del averno.
     Con esto les digo, y cambio de tercio, que volviendo el pasado miércoles con la santa y su madre, que es mi suegra, de una visita rutinaria al matasanos en Ciudad Real tuve a bien, como casi siempre hago, conectar el reproductor de música del maltrecho Megane que lleva portando los culos de los Navarro y Delgado desde hace casi dos décadas y fue así como la santa saltó como impulsada por un resorte para decirme aquello del “quita ya ese becerreo”. Así le llamó a la versión en directo que sonaba del Hotel California de los Eagles, sabiendo, como bien sabe, que me hiere y mucho en el orgullo que así llame a la recopilación primorosa que fui bajando con paciencia y canción a canción en el Emule, (… en la cárcel me veo por pirata), que endulza los oídos de cuantos al auto suben y que está jalonada por una serie interminable de canciones de nuestros dorados años, aquellas de los Eagles, Supertramp, Pink Floyd y tantos otros que como el Its a Heartache de Bonnie Tyler, (… no me crucifiquen si mal lo escribo, que un servidor estudio gabacho y de ingles conoce poco), ella misma bailó, grabó en cintas Tudor y reprodujo en el Sanyo que tenía en el comedor sin uso de la casa de mi suegra. Solo ocurre que creo yo, veréis como me lea que me leerá, que se me está haciendo vieja y cualquier cosa que no sea paz y tranquilidad, aunque un servidor le diga que una vez estirada la pata de ese menú sobra en la carta, la pone de los nervios, la irrita y hasta sulfura aunque para mi gozo estos sean ataques que solo le dan como de vez en cuando.
    Por ello, por no entrar en batalla, siendo uno pacifico como es, di en pulsar ipso facto el botón del aparato que pasa la función a radio y he aquí que me encontré, sin comerlo ni beberlo, de improviso y sin aviso con la voz gangosa de Mariano Rajoy Brey, presidente del Reino de España, que en ese momento preciso discursaba desde la tribuna del Congreso de los Diputados las medidas con las que habrá de meternos aún más las jodidas cabras en el corral y como siempre digo aquello de “a lo hecho pecho” me dispuse a escuchar durante el regreso a la villa de mis amores lo que a bien quisiera contar tan insigne personaje y los que habrían de venir detrás, que también son unos cuantos.
     Ya sé, que no suele ser del agrado de todos, que en estas páginas que suelen oler a vetusto se hable de politiqueo, pero tendrán a bien coincidir conmigo en que en estos momentos deleznables, frágiles y quebradizos, hemos de tomar partido, de decir lo que pensamos y de defender nuestros derechos, esos que se lograron luchando durante décadas y que estos siniestros gobernantes quieren borrar de un plumazo de la faz del suelo patrio. No crean que hoy por hoy distingo en exceso entre los de la acera que ahora gobierna y los de la contraria que empezaron el melón y gobernaban antes. A día de hoy lo que me enoja es la cara dura con que quieren vendernos que esto se hace por el bien de todos y el hecho de que esperen que como obedientes borricos de carga condescendamos con todo, mientras nos asoman para empujarnos al borde del precipicio.
     Así, a la altura de Calzada de Calatrava, “la Calzá” que dicen algunos”, el ínclito personaje antes nombrado ha dicho, entre otras “exquisiteces”, que a partir del sexto mes de cobro del subsidio de desempleo, este se reducirá a un cincuenta por ciento para incentivar al desempleado a que busque con premura trabajo. Visiono a la santa, que lleva gafas oscuras al estilo de José Feliciano, y ni se inmuta, mientras un calambre de cabreo me recorre desde la nuca hasta la curcusilla del culo, porque digo yo, aunque sé que si lo ha hecho, que o este hombre es imbécil de remate o no ha pensado que en un país donde el mismo acaba de decir que a fin de año habrá de haber medio millón de parados más, difícilmente puedes pedir a quienes por “la vagini” está llamando vagos, que encuentren empleo. Viene después otro paquete de medidas que habré de obviar para no cansarles, pues ya les adivino informados, hasta que enfilando ya la carretera que nace desde el pueblo antes mencionado hasta mi churriega villa, aparece en escena el Rubalcaba, calvo como un servidor y con el espíritu alicaído desde que noqueado quedara en las pasadas elecciones. Tampoco me dice nada que ya no sepa con lo cual mi hastío, irritación y cansancio se hacen merecedores del Oscar de la Academia. Me da la impresión de que este hombre hasta le lame un poco el culo, perdonen queridos y queridas míos al insigne prócer que rige los destinos patrios y es así como ya diviso a lo lejos el cerro que en su cima tiene la ermita que da cobijo a San Roque, santo que dicen, para el que lo quiera creer, que libró al pueblo con su plebe de la plaga de la peste y me pregunto, no hace falta cavilar mucho, si no habría de ser buena idea el sacarlo en procesión para que nos quite de encima esta, que en forma de plaga humana, amenaza con asolarnos. Es el justo momento en que ha comenzado su disertación  el representante de los nacionalistas moderados catalanes, “pa tu prima el pisto”, Josep Antoni Duran i Lleida que un servidor reconoce como buen orador y educado diputado, pero que desde que el mundo rota, y ya hace un rato, ha sido un vendido al mejor postor, ya fuera este de un color o del contrario.
     Por ello, harto ya de escuchar tanto improperio y después de echarle de refilón un nuevo vistazo a la santa, “ la suegra dormita y jamás es mujer que incomode a nadie”, compruebo que ni debe pestañear tras esas gafas que debió regalarle el Stevie Wonder, por lo que sin pensarlo dos veces vuelvo a pulsar la tecla del aparato que habrá de devolverme a la escucha de mi preciada colección de canciones inolvidables y emergen por los altavoces del carricoche los suaves acordes del Onmadawn de Mike Oldfield  mientras nos acercamos a la frontera del pueblo que se debate entre las obras interminables que acondicionan el nuevo trayecto de la autovía y que al menos por unos meses nos han rescatado del sopor y la apatía, dando vida y trabajo a este rincón de la Mancha. Es entonces cuando pienso que este hombre llamado Mariano, que los hados de la fortuna parecen habernos echado en suerte como por un designio divino y que no tiene otra palabra en boca, ni por la misma musita otra que no sea: ¡Austeridad, austeridad, austeridad!, debiera ser obedecido, que “pa” ello es presidente, y  no estaría mal darle de su medicina con una receta que se me ocurre y me gusta. Les cuento y prometo que termino.
En principio quien a bien tuviera la idea de cambiar el coche, hoy por hoy vana y confusa, que se quede con el que tiene, aunque como el mío tenga más kilómetros que el baúl de la Piquer y si revienta, a por uno del desguace de Zapatones, en buen uso y que cueste poco. De comprar zapatos caros y ropa de diseño olvídense, que la compren Rajoy y su Soraya, nosotros al mercaillo los martes a por calzones, blusas y atuendos baratos, que nos están los tiempos para tirar. De suculencias y marcas a la hora de comer, ni miejita de na, al Mercadona que es barato o al huerto del vecino que es ecológico y además vende unos huevos cojonudos que le ponen las gallinas nada comparables a los de Becerra y volvamos al tiempo de los candiles y velas, fuera luces que deslumbran y alucinan.
    Y así les podría seguir contando setecientos asuntos más, que parecen banales y sin importancia pero que la tienen y gorda. De esta manera, comprando lo justo y dejando que todo se inmovilice, todo a la vez se iría a la, perdonen la grosería, mismísima mierda bendita. Y como colofón, huelga perpetua, todos a dormir y a bostezar bajo un sombrero mejicano “pa” protegernos del sol y que trabajen los señores diputados que para ello les pagan.
      Bien sabe este servidor de ustedes, y así lo piensa cuando por fin llega a su morada y se dispone a descansar, que no es está la solución, aunque así nos la quieran vender, más bien al contrario, lo necesario sería que cada cual disponga de lo que en justicia merece, para poder, sin aspavientos, vivir con dignidad y decoro, porque si nadie gasta y todos vivimos con lo justo, y menos, pocos equilibrios se podrán hacer.
     Todavía me queda tiempo para oír con la radio en las orejas, ya postrado y en la cama, que vuelven a hablar de la prima de riesgo y recuerdo como le prometía a mi fiel seguidora Victoria que habría de explicarle de que iba el tema, aunque cierto y verdad es que un servidor también se lía con esto más que la pata de un romano. Por ello, querida amiga, habrás de esperar a que lo piense con detenimiento y hasta entonces queden todos con Dios y hasta la próxima, que habrá de ser si el trabajo y las ocupaciones me dejan, la que refiera el final de los acaecimientos acaecidos en La Colina.

     Con la llegada del verano este escribidor suele cambiar su habitual horario de trabajo, que como saben es nocturno, por el diurno, hecho este que le deja menos tiempo para dedicarse a esto de darle a las teclas y la escritura. Por ello, es posible, que durante un tiempo los escritos se espacien más. Más no abandonen, amigos y amigas míos, la saludable  costumbre de pasar por esta casa. Si así fuera queriéndoles como les quiero, me abocarían a la soledad y el desamparo.

viernes, 6 de julio de 2012

Entre brumas, La Colina.

   


     Tres gatos. Tres tristes gatos. Uno es negro. Negro como el carbón; como un mal presagio. Los otros dos son de un color indefinido, indeterminado y confuso, indiferente. Se mueven parsimoniosos de una acera a la otra buscando comida en los cubos de basura que adornan, como jinetes sin cabalgadura, en fila, los márgenes inciertos de la calle de Cervantes. No es tarde; aún no dieron las diez en el maltrecho reloj que engalana como un roto espantajo la fachada del Ayuntamiento y apenas se ven viandantes; para ser sincero diré que no hay alma que asome el pico en esta noche de Enero. Los portales de la plaza, solo están iluminados por la luz de los tubos fluorescentes, huérfanos y escasos, que sale por los ventanales del Bar La Campana. Se abre la puerta de la cantina y emergen a la boca negra de la noche dos figuras desdibujadas por la neblina, que poco a poco, como un blanco sudario está cubriendo la tenebrosa oscuridad nocturna. Van achispados, algo beodos parecen cuando en su lento caminar, diré más bien transitar, avanzan dos pasos adelante y uno hacia atrás y pronto deduzco quienes son al observar sus figuras; llamaremos a uno primero, no por antojo y capricho, sino por una cuestión de orden y al otro segundo, porque son dos y con eso basta. Como digo, los efectos etílicos del alcohol son patentes, tan manifiestos que el primero, que es de complexión enjuta  y como algo consumida, se agarra con fuerza a los barrotes de una ventana de la casa de los Fontes, gente regia y de abolengo, y sin más preámbulos vomita la primera papilla que le dio su madre. El segundo, que es de andares más lentos y parsimoniosos, le da alcance en ese momento y he de decir que no me sorprende su indiferencia hacia el caído, porque aplica una máxima que entre los dos es ley, el hoy por mí y mañana por ti o lo que es igual y da lo mismo, esto es a uso de tropa y cada uno se jode cuando le toca. Por ello cuando le rebasa por el costado derecho no hay preocupación en su semblante; tampoco inquietud o nerviosismo, cuando emite un sonido que más bien pareciera eco cavernoso, como sobrevenido del fondo lúgubre de un pozo. Cuando paso a su lado, un pestilente olor a vino o a compuestos varios, estos no le hacen ascos a nada, aromatiza la calle con un tufo agrio, acido, pestilente. 
    No quiero provocar repulsiones innecesarias, ya que para decir lo que quiero decir, ¿qué digo decir?, mejor narrar, ya que trato de referir y describir lo que acaece en esta noche de frio invierno, donde hasta las piedras yertas se contraen ateridas, no es necesario inducir al amable lector a la probable eventualidad de sentirse en la necesidad de abandonar la lectura de este escrito. Por ello os diré, que ando enfundado en un chambergo al que se ha dado en llamar coreano, prenda esta de consistente y sólido abrigo, en dirección a la intersección de calles conocida como la Puente, que no es otra cosa que una pequeña plazuela coronada en su simpleza por un buzón de Correos. Se acrecienta rápidamente la bruma y un velo tupido de niebla plomiza se extiende con inusitada rapidez por calles y esquinas, todo lo envuelve cual muralla impalpable, como monstruo intangible.
     Es entonces, solo en ese momento cuando diviso, mejor decir que distingo impreciso, el añejo cartel luminoso que anuncia la llegada a mi destino. El viento invernal lo mueve mientras chirría sobre goznes oxidados, maltrechos y diré también, en honor a la verdad que luces tiene pocas, mejor aseverar que ninguna, afirmar con rotundidad que todas, si alguna vez existieron, están fundidas. Sobre el luminoso, que debió brillar en algún momento enterrado en la memoria, resalta impreso en letras negras el nombre del garito, La Colina, sin más, escueto, conciso, simple. Digo garito, como podría decir leonera, y porque esto no es lo que usualmente entendemos y llamamos bar; a este antro ni tan siquiera podemos llamarle tasca, que es igual pero con menos categoría. Solo existe un pasillo corto, breve, y al final una puerta de madera, vieja y herrumbrosa, que al verla da que pensar, con evidente razón, que el primero que la abrió lleva tiempo criando malvas. No piense el lector que la puerta como tal cumple las funciones para la que fue creada; la puerta como a lomos de un maltrecho Rocinante, montada sobre  unas cajas vacías de cerveza, Cruzcampo para ser concisos y ciertos, desempeña las tareas de barra, de improvisado mostrador donde se sirve vino y cerveza, no más, aquí no existe la diversidad, sobra y basta con lo elemental, con lo justo y necesario, ¿para qué más?. Seguir describiendo el ambiente, lo que se cuece entre estas vetustas paredes es tarea ímproba y laboriosa; requiere por ello de esfuerzo, de una agudeza mental que ahora, en este preciso momento huye de mí despavorida sin que por ello no comprometa mi palabra, mi honor de pobre escritor en ciernes, al prometer a mis apreciados y venerados lectores que esta historia habrá de extenderse y continuar hasta donde sea necesario; mas eso será otro día.