Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

jueves, 24 de mayo de 2012

De las reparaciones y chapuzas inconfesables.

La tienda de David Laguna

    
      Siempre me causó especial interés y satisfacción todo aquello que estuviera relacionado con la apertura, destripe y posterior manipulación de batidoras, maquinas de afeitar, aparatos de radio, reproductores de casetes, televisores y en tiempos más cercanos hasta ordenadores o computadoras, que dicen por la Argentina, que en mis manos incautas hubieran de caer y caigan, para mi gozo y disfrute y su posterior paso al etéreo cementerio de los cacharros inservibles. Visto así, habrán de pensar, queridísimos lectores y lectoras, que un servidor es un consumado manazas, poco habilidoso y dado a la mera y pura chapuza, cuestión esta que habré de decirles que no es del todo cierta, ya que invariablemente siempre le digo a mi santa cuando me conmina, con apremio y prontitud, al pronto arreglo de cualquier aparato caído en la avería o el deterioro, que tenga claro que pueden pasar dos cosas, y les cuento. Una y primera, que viene a ser que el susodicho aparato, de cualquier raza o estirpe, vuelva a salir marchando, con lo que las palmas y la alegría rondaran por los rincones de la casa y el ¡que habilidoso este hombre! rebotará haciendo eco entre las paredes y otra, al cincuenta por ciento aproximado, que pase a formar parte del antedicho cielo por el que vagan las almas de los defenestrados útiles caseros, por lo que siempre le digo, advierto e indico que puedo arreglarlos, sacar dos por el precio de uno o sumirlos en la eterna desgracia de por vida.
     El principio de este desafuero incontenido por el asunto de la reparación vino a tener lugar entre la lóbregas paredes de la casa de mi infancia. Tenía la tía María un aparato de radio de colosales dimensiones puesto sobre una mesa, con pañito de ganchillo incluido, en el comedor  “que no servía pa ná”, al que nunca jamás entraba nadie y del que aún recuerdo como si de ayer se tratara , el olor a habitáculo cerrado y sin ventilación que desprendía y al que profesaba un sentido aprecio, hablamos nuevamente del aparato de radio, porque se lo había regalado su primo Bernardino, hombre que al parecer se dedicó a la importación desde la quinta puñeta de las primeras radios que se oyeron en el pueblo o debieron oírse, debiéramos a la vez decir, porque el antedicho jamás emitió sonido alguno que pudiese verificar si llegó útil a su destino o fue más bien  para el arrastre, aunque con el paso de los años y un discurrir más granado me dio por pensar que aquel cacharro estaba allí puesto para servir de empaque y adorno, que era cosa que vestía mucho.
     Eran los tiempos en que para mi gozo había llegado el primer casete Sanyo a la casa y hurgando por sus rincones, hube de comprobar que en uno de sus costados portaba salida para altavoz. De esa manera, llegados a las primeras tardes del verano con sus siestas, hube de esperar a que los ronquidos emitidos en la casa fuesen como estereofónicos; unos procedentes de la alcoba de mis padres y los otros, por el costado opuesto, de los aposentos de la tía María a quien acompañaba mi hermana, para armado con el destornillador de madera que habían usado varias generaciones y que aún subsiste en la caja de herramientas que tiene el tuerto, descerrajar la tapa trasera del mastodóntico elemento y proceder a la extracción desde sus polvorientas entrañas de un altavoz que por sus dimensiones, bien pudiera haber servido para dar fuerza y clamor a las arengas que el Alcalde daba, ya no recuerdo el porqué, desde el balcón del Ayuntamiento. Llevado a cabo el hurto, con premeditación y alevosía, presto encaminé los pasos hasta el camarón en el que destripamos al gallo puñetero del corral, donde tenía preparado un cable, de aquellos textiles que al quemarse soltaban un pestuzo de mil demonios, que conecté al altavoz y a la salida del reproductor de cintas. Cuando a continuación le di al play, un ruido cavernoso emergió del fondo del artefacto sonoro hasta que sin previo aviso aquello pegó un pedo que pareció sobrevenido de las fallas de Valencia y menos mal que, debíamos haber comido cocido, ningún bicho viviente moviose de su morada, con lo que este mortal de necesidad tuvo tiempo sobrado para devolver lo sustraído a su lugar de origen, con la plena convicción de que la radio mencionada, por si había alguna duda, ya no sonaría jamás.
     La siguiente víctima de mis quirúrgicas operaciones, aunque queden en el olvido algunas reparaciones de poca monta, fue una Telefunken en blanco y negro que mi padre había adquirido en la tienda de David Laguna Rodero. Un inciso para reseñar que en este comercio incomparable, sito en la calle San Sebastián y antiguo salón de baile de Coronado, donde la noche se juntaba con el día en los carnavales de mi infancia, se vendía todo lo vendible relacionado con la música, el sonido y la palabra hablada, además de frigoríficos, discos y ventiladores, para rizando el rizo ser también estudio de fotografía por el que pasaron los caretos de varias generaciones del pueblo.
La tienda con sus productos
         Fue el primer televisor que entró por la puerta de la casa y como todo lo primerizo se divisaba, grande y aparatoso, sobre la mesilla en la que aposentaba sus voluminosos reales. Eran estos, tiempos en que solo se gozaba de la emisión de dos canales televisivos, ambos de Televisión Española, el VHF y el UHF, siendo este ultimo para privilegio y gozo de unos cuantos,  de aquellos que poder podían colocar sobre su tejado la doble antena que permitía su recepción, por lo que un servidor, que solo tenía una enorme, parecida a un tendedero de ropa erizado sobre la cima de un mástil de oxidado hierro, había de conformarse con lo que a bien tuvieran de emitir por la primera cadena, desde la Carta de Ajuste, poco antes del mediodía, hasta el cierre de la emisión, al filo de la medianoche con el “chunda, chunda, tachunda, chunda, chunda,chunda, chunda, chun, tachunda, chunda, chun” o lo que es igual, al son de los marciales compases del himno nacional, que con sus reyes y principitos nos indicaban que había que largarse “pa” la cama. Así, con Jose María Iñigo, Los hombres de Harrelson, Starsky y Hutch y el Un, Dos, Tres pasábamos noches interminables, mientras unos bostezaban, otros aplaudían y los mas, se dormían por la modorra que provocaba el brasero de picón, cuyos vapores y humos convulsionaban estómagos y cabezas provocando mareos, nauseas y vómitos incontenibles, además de unas cabrillas en las piernas que picaban más que treinta lombrices pugnando por seguir vivas en el mismísimo ojo del culo.
     Y fue por aquel entonces cuando alguna mente lúcida, de buena fe o a mala leche, me hubo de indicar que manipulando en la parte trasera del receptor, en un tornillo de ajuste que indicaba UHF, se podía visionar el canal sin necesidad de antena. Así, una de las noches en que la programación no debía de ser muy entretenida para los integrantes del clan, motivo por el cual se encaminaron con prontitud a pernoctar, enganche cual Tizona el destornillador de madera y otro de menos calibre, que también conservo, y levanté sin remilgos la tapa del aparato, apareciendo ante mis ojos un universo de lámparas, cables y circuitos que emitían sonidos y destellos variados. Con la miopía que me acompaña de por vida y las pocas luces que había en aquel vetusto comedor, hube de echar mano de la linterna que tenía una pila de petaca y de esta manera, como un caballero con su espada y con su escudo, arrimé el entrecejo y entorné los ojos, hasta que descubrí para mi gozo el susodicho tornillo. Sin premura, empecé a manipular la tuerca “pa un lao y pa otro” sin que al parecer nada ocurriese de particular en la pantalla del televisor. Más he aquí que observando, observé que había otros tornillos de ajuste, con lo que sin pensarlo dos veces, siempre fui en estas cuestiones muchacho de rápida decisión, empecé a darles vueltas sin ton, ni son, con lo que en apenas  unos segundos, la pantalla perdió brillo, se encogió por arriba y por abajo y una especie de silbido nacido de las cavernas empezó a ser audible desde el fondo de aquella cueva. Ahí si me entró el acojone, justo al tiempo que desde la alcoba de mis padres se oía la voz de mi progenitor indicándome que prontamente apagase luces y aparato, y me fuese “pa la jodia cama”. Así, que ipso-facto que se dice, cerré tapadera, coloqué tornillos y me fui para los aposentos susurrando todas las oraciones que aprendido había en mis años de tierno infante en el Colegio de las Madres Concepcionistas.   
     Juro que aquella noche soñé con el desastre, con la catástrofe y calamidad que habría de avecinarse al día siguiente, cuando el cabeza de familia, su esposa y la benjamina, hubieran de sentarse a visionar el Un, Dos, Tres que presentaba Kiko Ledgard, un peruano nacido en Lima que llevaba dos relojes y calcetines de distinto color. Llegada la hora, con la cena sobre la mesa, botella de vino blanco, gaseosa de La Pitusa, y a la orden tajante del ¡enchufa la tele Maurito!, casi caigo derrengado cual ciclista en la cima de los Lagos de Covadonga, cuando anduve el escaso trecho que había de la mesa hasta la televisión, con los consiguientes temblores y estremecimientos. No eran aquellos, aparatos que echasen a funcionar prontamente como los actuales, por lo que tiempo tuve de meditar la que había de caer cuando apareciese, que apareció, el presentador nombrado, con dos cabezas, cuatro brazos, las mismas piernas e idénticos relojes, además de verse todo, que se veía, como difuminado, desencuadrado y difuso. Temblaron los santos en el cielo, casi se abrió la tierra bajo los pies y poco pudo faltar, aunque gracias a Dios faltó, para que la garrota que portaba a perpetuidad mi padre, no partiese en dos el aparato y la testuz de quien subscribe.
     Aunque justo será el reconocer, en sus haberes de padre, que jamás fue el mío, hombre que me pusiera la mano encima, fuera de los típicos capones y hasta collejas, asuntos banales y sin importancia que se estilaban entonces. Hubo además de llamar al bueno de David Laguna para que solucionase el entuerto y llegado, cuando observó de pronto vistazo lo acontecido en aquellas vísceras televisivas, absorto quedó al comprobar que visto el desastre acontecido y los elementos del trasto que había manipulado, no hubiese quedado frito, cual pescaito de Cádiz, este escribidor de añejos relatos, dadas las altas intensidades que fluían y hasta manaban del fondo del vetusto televisor descuajaringado.
     Y no piensen que aquí acaba este relato. Habrá de seguir con los tocadiscos y las maquinas de cine que enviamos al desguace en la casa de Acción Católica, los años en que fui electricista con el Hormigón de Ala, los inventos de cuando fui titiritero y ya en tiempos más actuales con los “arreglos” de ordenadores y la puesta en marcha anual de la depuradora de la piscina. Pero esas son historias, para que vayan abriendo boca, que les contaré en otra venidera ocasión.
                                                                         
                                                                 



    

viernes, 11 de mayo de 2012

Del Atlético, el Athletic y el Tapicao, con sus cosas y sus gentes.

      
     Como les habría de transmitir a ustedes y ustedas, queridísimos lectores y lectoras de las acérrimas tontunas de este escribidor de poca monta que hoy, diez de mayo del año de gracia del 2012, como diría la Santa de Ávila, Teresa de Jesús, vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero, que muero porque no muero.
     Y todo, aunque mentira pueda parecer por lo banal de la cuestión, se debe al hecho de que mi adorado Atlético de Madrid ganó la Copa de la UEFA, que es como a un servidor le gusta llamar a esta competición y no con ese odioso nombre, UEFA League, con el que el gabacho Platini y otros cuantos de su casta han denominado a evento tan de mi gusto. Y digo que lo es, ustedes habrán pronto de comprenderme, porque pareciera que los hados de la suerte nos acompañan de un tiempo a esta parte en la consecución de tan preciado titulo, que no en vano conquistamos hace apenas dos años en la agónica final de Hamburgo.
     El seguimiento de las “proezas” de mi colchonero equipo me viene de lejos. Ya en los tiempos de tierno infante, cuando habitaba la infame casa de mi infancia empecé a sentir fervor por aquellos colores parecidos a las rayas de los colchones que había en la cama donde reposaba mi exigua osamenta de ochonesino precoz. Allí, en aquella mansión desvencijada, como ya he contado en alguna ocasión, jugábamos interminables partidos futboleros en las vetustas cocheras donde aparcaban los camiones de Antonio Delgado. Un Ebro desvencijado, un Pegaso que emitía infernales ruidos que bien parecían como quererle hacer despegar y alguno más que mi vano recuerdo olvida. Así, entre manchas de aceite más negras que el carbón y restos de gasolina salpicados por el suelo, empecé a dar mis primeras patadas infantiles a desinflados balones de goma, escuetos y sin textura, que algún tendero que no me viene a la memoria debía de vender en una tienda sepultada en el olvido.
     Y fue allí, jugando en aquella cochera desmembrada donde nació mi amor por el equipo, valga la redundancia, de mis amores, el afecto y la pasión por esas rayas colchoneras que me acompañaran mientras viva. Y no vayan a pensar que uno es fanático, que no lo es, solo pasa que siempre fue hombre de inclinación a defender al débil, al más frágil y endeble, y tal vez por ello se inclinó por el que menos poder ostentaba, porque viendo al vecino de al “lao”, tan blanco e inmaculado y con tantos adeptos a su causa, era cosa que estaba como cantada. Debió ser por eso, y porque por aquellos años, que tiempos de felicidad, vivía el colchonero equipo momentos de gloria y apogeo, ganando ligas y algo que me gusta menos por el nombre y lo que conlleva, Copas del Generalísimo, torneo así denominado en honor del infausto caudillo de las Españas. Eran los días del Cacho Heredia, del Ratón Ayala, y de un tipo llamado Panadero Díaz, que tenía más mala leche que un perro y un carácter endiablado que bien podía hacerle correr por medio estadio hasta salpicarle un buen hostión al adversario.
     Así, ganando ligas y copas, llegamos a jugar la que habría de ser infausta final de la Copa de Europa en el año de gracia del 1974, contra los teutones del Bayern de Múnich. Recuerdo que venía de regreso de una excursión a la imperial Toledo, debía de ser fin de curso, cuando escuchando la radio en el autocar, la pava que decimos en el pueblo, estaba casi en éxtasis cuando después de jugar el tiempo reglamentario y estando ya en la prórroga del partido, Luis Aragonés, el gran Zapatones de Hortaleza, lanzó un cañonazo imparable que me hizo soñar con la gloria. Mas he aquí, que hubo de aparecer un alemán cabeza “cuadrá”, de nombre impronunciable, llamado Schwarzenbeck, a ver quién tiene huevos a pronunciarlo, mas malo que la quina y tiró un balonazo insulso desde el centro del campo, mientras Reina, padre del actual portero del Liverpool, estaba de espaldas celebrando la victoria anticipada y como viéndolas venir, por lo que al darse la vuelta ante el griterío del respetable poco pudo hacer por detener el esférico. Dos días después, entonces no había penaltis, se celebró el partido de desempate y en él, los arios germanos, nos despacharon un buen capacho de goles, que a la sazón fueron cuatro, hecho este que provocó el advenimiento del llamarnos  EL Pupas como de por vida. Aún así, y rizando el rizo, el equipo colchonero tiene estas cosas, hubimos de ganar la Copa Intercontinental por incomparecencia de los germanos, con lo que el Altético es el único equipo campeón del mundo, sin haberlo sido de Europa, ¡ole sus cojones!.
     Después vinieron tiempos de menos gloria, alguna copa y trofeos veraniegos y hasta tuvimos, en el 81, a un tal Cabeza de presidente, que llenó el Vicente Calderón un domingo por la tarde de aficionados comiendo tortillas porque andaba muy “mosqueao” por la liga que nos habían “afanao bien afaná” y seis años después llegaría a comandar la nave atlética otro personaje llamado Jesús Gil, de calado incalificable, que habría de llevarnos desde las alturas de un doblete memorable, copa y liga el 96, hasta la miseria de la segunda división en el 2000., para que vueltos nuevamente a la máxima categoría hubiéramos de ganar las dos competiciones reseñadas al principio.
     
EL Tapicao, donde a veces pica el pollo
     
    Vamos a darle un vuelco al relato, que ya está bien de hacer historia con hechos acontecidos en los años en que reinaba Carolo y que a unos, los menos, habrán de gustar y a otros, los más, provocaran una modorra propia de la época estival que sin remisión se acerca con la venida añadida de tábanos, abejorros, moscas, mosquitos y otros odiosos insectos, bichos y parásitos muy propios de esta estación veraniega que muchos adoran y que a este escribidor le pone de los nervios, sacándole de sus casillas, para descubrir que mi verdadera intención al dar comienzo a esta historia era la de dejar reseña y señal de lo acontecido el día mencionado en la cabecera del relato, el 9 de mayo antes dicho, en el bar de mis amores que no es otro “quel” Tapicao, lugar al que como ya hemos dicho en alguna ocasión la santa llama “Picaillo” y al que, como también hemos referido anteriormente, tiene intención de elevar súplica escrita, personal o telefónica, ella sabrá, al excelentísimo Ayuntamiento para que no se demoren en pintar un paso cebra desde la salida de mi morada hasta la entrada misma del mencionado chiringuito, evitando con ello posibles atropellos por despiste, lapso o distracción de quien subscribe.
     Lo que no hemos contado nunca, o al menos un servidor no lo recuerda, es que en el citado establecimiento se dan cita todo los afines seguidores del Athletic Club de Bilbao, no por capricho amigos, sino por la razón, simple y sencilla de que el dueño del local, mi buen amigo Vicente, es seguidor de los colores bilbaínos, además de erudito, docto y sabio en todo aquello que al futbol y  a su práctica concierne con lo que pueden figurarse, sin tener que pensar mucho, que acercándose la final que se acercaba y rodeado de semejante prócer y sus acólitos, a quien más tarde mencionaremos, hube de pasar, cuando se supo que era mi Atlético, el digno rival a quien habrían de enfrentarse en la final, toda una suerte de indirectas por “la bajini”, que querían hacerme ver que teníamos menos porvenir ante los leones bilbaínos, que un entrenador en el banquillo colchonero.
     Así, fueron elucubrando preparativos para el banquete que habrían de celebrar el día de tan clamoroso evento, al que como buenos amigos me invitaron, ¡cualquiera se acercaba por la cueva! y acordaron, y vamos descifrando nombres, que el antiguo alcalde Aranda, Bajillo para los amigos, del que ya hemos dejado sentado que es excelso cocinero, habría de llevar un buen moje de setas y el ferroviario Posadas un tiznao de la tierra, además de otras viandas y sustentos con los que pasar tan grata velada, en la que a buen seguro, ganarían por vez primera una competición continental. Solo habrían de faltar a la celebración del acontecimiento el banquero Zacarías, que reposa sus reales en tierras “ciudadrealinas” que dijo el infausto Javier Rupérez y Francis, que igual si estuvo, agente de la autoridad, con quien no me habré de meter, por si las moscas. Mi amigo y compañero Cheto no apareció por  tan sagrado lugar  porque sabiendo, como sabe, que dicen las malas lenguas que le precede estigma de la mala suerte cuando juega el bilbaino equipo, debió temer ser puesto de patitas en la calle con unos vinos pagados en la taberna de enfrente.
     Cuando estas líneas escribo aún no he visto a tan preciados camaradas, pero si puedo jurar que he imaginado sus semblantes convulsos al ver como el Tigre Falcao devoraba a sus leones.  Después de todo convendrán conmigo que mejor es así, pues de haber sacado la añeja gabarra a navegar por la ría, entre tanto fasto y celebración y tras  años de poco uso, el desastre hubiera sido de parecidas dimensiones al hundimiento del archiconocido Titanic. Y es cierto, un servidor en el fondo es bueno, que aunque feliz por ganar, siento que los descendientes de tan queridos carcamales hayan de esperar, creo que han sido treinta y seis años, para verse en otra como esta. Por ello, ya me están crucificando, por Alberto, Sergio, Aitor y sobre todo por Luisillo, antiatlético del alma, habré de desear que ganen en la final de copa al Barcelona, aun a costa de que si se enteran Juan Fernando, Gregorio, Martín o Juan Carlos, que se van a enterar porque hay mucho bacín suelto, adeptos también al lugar, buena gente y seguidores de los azulgranas, me hagan la señal de la cruz, con lo que visto lo visto y tire por donde tire, amigos y amigas mías, no tengo escapatoria y estoy, como decimos en el pueblo, más “perdío”, ¡como sería el elemento!, que Carracuca en la feria de Almagro.

 Quiero dedicar este escrito a todos los mencionados que son, no me vayan a pedir derechos de autor, gente cordial y buena. Y a mi amigo del alma José Testón, atlético, sufridor y antimadridista como el que subscribe. También desde el imperecedero recuerdo, que tan a menudo me visita, a mi añorado y querido Rafael, quien a buen seguro bailó en las alturas divinas al son del pasodoble colchonero de Sabina.

                                                         
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jueves, 3 de mayo de 2012

De un Facha en el Barticano.

El Barticano

         
     Debió de ser, más o menos, por la mitad de la primavera del 1982, el día en que el cabo Casimíro, a quien todos llamábamos y llamamos “El Mella” y José Eugenio Cabezuelo, guardia raso municipal y repartidor en sus horas libres y en cantaros de lata, del  agua exquisita de La Noria Olaya, nombro a estos dos integrantes del susodicho cuerpo municipal por poner un ejemplo y entrar en situación, aunque bien pudieron ser otros los protagonistas de este fragmento de la historia que hoy nos ocupa, y de los que desempeñaban y aun desempeñan la honrosa función de la vigilancia policial en el consistorio, cuando andando plácidamente sosegados y como en rutinaria patrulla por el Parque Municipal, todavía de Sales Córdoba, entre trinos de pajarillos, aroma de rosas y fragancias varias, ( entre otros efluvios y emanaciones, debían de estar los aromas que brotaban de los meados ebonivus que adornaban los paseos), cuando hubieron de toparse, mientras encendían un pito y hablaban de lo que  a bien tuvieran a fe, de sopetón y hasta de bruces con el mismísimo Paraíso Terrenal, ese que descrito está con pormenores, detalles y referencias en La Sagrada Biblia, cuestión esta que les podrá parecer, amigos y amigas del alma, cosa fantasiosa, de película de ciencia ficción y como nacida de la mente calenturienta del Stanley Kubrich, aquel de la odisea en el espacio, pero que es asunto tan cierto y veraz como la vida misma, con su cierto final, que son los ríos que van a dar a la mar que es el morir. Y les cuento, que me lio.
     Juan Carlos Aranda Gallego, a quien por estos lares todos apodan “El Facha” es hombre que de niño fue infante de ensortijado pelo y al que este escribidor conoce desde que tiene entendederas y hasta uso de razón. Mis primeros devaneos escolares en el lúgubre colegio de la Madres Concepcionistas, del que ardo en deseos de elucubrar un relato, aunque grima me da el solo pensarlo, ya fueron acompañados de tan angelical criatura, que ya les digo, parecía como sacado de un fresco de Rafael, el célebre pintor italiano del que se dice que falleció debido a las excesivas relaciones sexuales que había mantenido durante una sola noche con La Fornarina, amante que visto lo leído, debía ser como muy ardorosa y ardiente.
       Mas no vayan a pensar, volviendo por los mismos pasos y refiriéndonos al Facha, que debe su apodo al hecho de ser afín a la opción política por la que son referidos, con su razón o sin ella, los insignes integrantes de la derecha española, que no, que más bien es todo lo contrario, rojo como la grana y de parecido pensamiento al de su amigo Fidel Castro. Fíjense, que aun recuerdo con regodeo y con esto avanzo en el tiempo para después volver sobre mis pasos, lo visiblemente emocionado que llegó desde la isla de Cuba, tras un viaje trasatlántico, que debió ser el de novios, y del que hubo de contar y relatar cuantiosas experiencias vividas y maravillas contempladas, mientras aseveraba con contundencia y convencimiento que hasta libros portaba comprados  allende los mares en la caribeña isla, sin que hubiera de haber tenido problema alguno de censura y mucho menos de paso por la aduana al traerlos para la madre patria. Mas como habría de haberlos tenido le refería, al calor de la barra de algún bar, si entre los ejemplares adquiridos estaban, o debían de estar, las obras completas de José Martí, apóstol de la Independencia cubana, los diarios del Che Guevara y los discursos abreviados, de otra manera sería tarea imposible el transportarlos, del comandante Fidel.
     Después de este inciso y del breve momento de guasa, volvamos por nuestros pasos para continuar relatando los veranos que de tiernos infantes pasamos en Las Virtudes.
     Era Juan Carlos, rapaz avezado, muy dado a escapar al monte, tan tentativo y cercano, en las calurosas tardes del estival estío y reclamaba para ello mi compañía, hecho este que sacaba de sus casillas a la tía María, que siempre musitaba, por lo bajo y con enfado, al oír sus llamadas en la ajada puerta de la casa a la hora de la siesta el perenne dicho que decía: “Ya está aquí otra vez el Aranda de Duero”. Y era allí, entre cerros y marañas, donde construíamos chozos de piedra con matorrales por techumbre, imaginando que entre sus débiles paredes podíamos defendernos de supuestas invasiones de los seres de otros mundos y hubo de ser también, en algún desafuero guerrero, cuando su primo Choto le endiño, sin compasión ni remilgo un tirascazo en el hombro con la escopeta de plomos, sin que el herido, por aquello del valor y el ardor guerrero hubiera de decir ni pío a la abuela Pura con la que vivía en aquellas épocas veraniegas, hasta que el plomo hizo estragos, inflamando y casi corrompiendo la extremidad mencionada que de haber sido amputada, ¡que hechos y vicisitudes!, le hubiera dado el renombre del Manco de Las Virtudes.
     Después, compartimos días de escuela en las vetustas aulas del Jardinillo con Don Eugenio, querido maestro, amigo añorado y de su mano hubimos de marchar para el Cervantes donde se separaron veredas y caminos, que habrían de converger nuevamente con el advenimiento de las andanzas del Grupo Teatral Mudela, donde fuimos actores titiriteros, haciéndonos famosos en el pueblo, sus extramuros y poblados colindantes. Y me viene al recuerdo,  tan exiguo y tan escaso, el hecho de que estando sumergidos en el montaje de Aquí no paga Nadie, obra del insigne nobel italiano Darío Fo, coincidimos en fecha y forma con la despedida de soltero del susodicho, por lo que aprovechando, siempre fuimos humanos de ideas avezadas, que en el desarrollo del montaje habíamos de sacar a escena la caja para exequias mortuorias que nos había regalado Zacarías, funerario del lugar y transportador de todo bicho viviente que fenece en el pueblo y aledaños desde hace decenios, sumergimos en sus siniestras entrañas al futuro novio y lo depositamos, con tapa y envasado, encima de la mesa de billar en que se servía el banquete para la risa de unos, la chanza de otros y el llanto de sus allegados, que veían al finado muerto antes de casado.
     Y hubo de ser con el Facha, ya vamos aclarando este misterio y con su boina calada al estilo del Che, saliendo de la caseta veraniega que había instalado en el parque de Sales Cordoba para la venta de vino, cerveza, cubatas y otros compuestos, con quien hubieron de toparse los semblantes desencajados de Cabezuelo y el Mella, mientras contemplaban absortos y con el habla perdida como delante de sus narices y dibujado sobre las espaciosas chapas del tenderete en cuestión, se podía vislumbrar el antedicho Paraíso y dibujado en su inmenso cielo, a Dios beodo en las alturas, sentado sobre las nubes, a la vera de un cubata con su botella de whisky, observando en estaxis y con tranquilidad supina, como Adán, descansando plácidamente en su tumbona, se apretaba un canuto bebiéndose un reparador cacharro y Eva en pelota viva jugueteaba como en trance con la serpiente, todo ello bajo el clamor de las trompetas de unos angelitos, cubanos me atrevo a decir, más negros que los de Machín. 
     Puedo asegurarles que el pulpito, si aun existía, de la Iglesia de la Asunción, tembló cual terremoto indonesio bajo las soflamas de Don Antonio Guerrero, cura párroco del lugar, del redil y sus ovejas, que hubo de pedir, quiero recordar, y hasta casi lograr, la pronta excomunión de tan consumado hereje, que había osado, eso aun no lo hemos dicho, llamar a aquel antro de perversión “EL Barticano” y les asevero que los cimientos todavía endebles de aquella sociedad vetusta anclada en el ostracismo de tiempos que habían pasado, se mecieron contra el viento como una frágil cometa.
     Mas como bien dice  el rico refranero, tan cierto e irrefutable, que no hay dos sin tres, hubo este buen pájaro amigo de volver a las andadas en tiempos deshinvidos y sin tantas  trabas, más próximos y cercanos, a  montar otro chamizo de beber cubatas con nuestro común amigo Isidoro Bravo, el de Los Divinos Asuntos, al que puso por nombre, no por hacer honor al salvador de humanos y especies animales durante el diluvio universal, sino por aquello del rizar el rizo y joder, con razón, la pava, La Arcá de Noé. Así, todos los viandantes podían observar, con asombro y  estupefacción, en la pared encalada de la casa de Isidoro al buen prócer mencionado, arrojando lo bebido o echando la cabra que decimos en el pueblo. Apréciese la sutileza en la acentuación de la palabra arca, que de significar caja de madera y con tapa plana unida por bisagras, ¡como sería la que hizo Noé!, al ser acentuada quiso venir a decir, de manera más bruta y ordinaria, que también decimos en el pueblo, lo de arcada por arcá, que viene a ser el violento movimiento que hace el estomago segundos antes de echar la cabra o de regurgitar.