Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

jueves, 26 de enero de 2012

Las recetas de Maurito Varbenas, Las patatas con bacalao.




     Perdonen apreciados leedores si, como supongo, crecen en su interior sensaciones y sentimientos como de cabreo y hasta de ofuscación cuando hayan de comprobar, con acierto y precisión, lo que de cierto tiene la apreciación de que desde la primera entrega del recetario de Maurito Verbenas hasta la presente ha pasado algo así como un año, pero es el escribidor hombre de mucho enredar y poco hacer por lo que tardar tardó en dar en la cuestión de que debía volver a este camino iniciado para ofrecerles, si lo tienen a bien, algún plato novedoso para deleite de sus gustos y paladares, de los que se guisan  y cocinan en estas sus manchegas tierras de Don Quijote.
     Presentadas pues las excusas y supongo que perdonado, diré que habremos de levantarnos temprano por aquello de ser los primeros en escoger los perecederos alimentos con los que guisar la receta, (… el escribidor no es necesario que se levante porque no se acostó, dada su condición de mochuelo trabajador nocturno) y enfilaremos hasta la pescadería de Enrique que es santacruceño de adopción, valdepeñero de nacimiento y además habla hasta por los codos. Olvidaba decir y se torna necesario que habremos de cocinar en la lumbre y con esmero unas Patatas con Bacalao, aunque en el pueblo las llamen, “pa” ser concisos y exactos, comúnmente AJOPATATAS, sin más.
     Ubicados ya en el pescadero puesto habremos de adquirir sin dilación una buena “bacalá”(…bacalao en salazón), si es carnosa y con jugo mejor que mejor, y en el puesto de la fruta y otros complementos varios, patatas de calidad, prietas cabezas de ajo, un pimiento colorao, un buen manojo de acelgas y unas ramas de perejil. En asuntos de intendencia no debe faltar buen tino, por ello y dando en pensar que habrá de alargarse la jornada echaremos en el carro otras vituallas que alegrarnos puedan el día como pueden ser, por decir y por poner un ejemplo, lechales chuletillas de cordero o hasta la candorosa careta de un cerdo, (… del que hasta los andares gustan), manjares ambos que asados en las ascuas reposadas de la lumbre han de ser deleite de paladares y gozo para los sentidos. No olviden tampoco, pues habría de pesarles, añadir al carrillo de la compra un tinto de Fernando Castro, (... o docena, si tienen el gusto) y unas gordas del Isaito, pues de no ser así beberían, puesto que ha cocinar nos dirigimos al inigualable lugar de Las Virtudes, (¡donde hasta actores y actrices como Don Juan Echanove rodaron películas del Capitán Alatriste!), agua limpia y cristalina del pilón, muy buena para el riñón, pero insustancial e insípida para la degustación de tan exquisitos manjares.
     Situados ya en tan paradisiaco lugar, donde el escribidor tiene humilde morada, encenderemos prestos la lumbre y mientras prende acometeremos el pelado de las patatas que después trocearemos, cortando, partiendo y cascando, que se llama al uso, asunto este muy de tener en cuenta, puesto que es cuestión que sin saber porque espesa el caldo y lo traba, haciendo que no parezca que llovió a cantaros y sin control en el fondo del caldero. Pelaremos los ajos, cortaremos en tiras y dados el pimiento e igualmente las acelgas y haremos un majado en el mortero con ajos y perejil, dejando para postrera y última tarea la de cortar el bacalao en sustanciosos trozos, de los que unos cuantos reservaremos para engullir, a pelo y en los principios, mientras catamos un vermut sin parangón del Agapito.
     Crepitan  los leños en la lumbre por lo que pondremos sobre su lecho la sartén que “tie” dos asas y regaremos el fondo, cubriéndolo y algo más, con aceite del terruño, del molino de San Sebastián. Ya humea, cual hoguera sioux en el lejano oeste, cuando prestos arrojamos a las entrañas del caldero bacalao, ajos y pimiento, dejándolos que se doren, tuesten y den sustancia. Echaremos después las patatas, un par de cucharadas de pimentón dulce y daremos vueltas al compuesto hasta que mezcle sabores y gustos , hasta que pasado un rato,(… tampoco es cuestión de dormirnos en los laureles y que todo se chuscarre), añadiremos agua hasta cubrirlo y nuevamente algo más, rematando la tarea con las acelgas y el citado majado, pues tiene por costumbre este escribiente de chichinabo, por su cuenta y a su modo, llegado el momento en que rompe a hervir y se ablandan levemente las patatas, de arrojar dentro del caldero unos puñados de arroz, como a razón de la mitad de cuantos comensales haya.       
     
      Dejamos que siga hirviendo y por primera vez, no lo olviden, probamos el punto de sal, puesto que si son sagaces y aviesos como supongo, habrán tenido muy en cuenta que nada hemos referido relativo a la utilización del cloruro sódico en tan sabrosa pitanza, mas ello se debe al hecho, que ya habrán adivinado, de que es bacalao sin desalar lo que cocinamos en el condumio y no es cuestión de que por abuso queden gargantas y paladares abrasados y como entre llamas, por lo que solo si hace falta añadiremos la sal que necesitara y llegado el arroz a su cocción, las patatas estarán en su punto y será el momento de, con bríos y sin demora, sacar la sartén de la lumbre y emplatar el manjar resultante para deleite de comensales y cabreo de mujeres, esposas y compañeras, puesto que habrán de ser los varones celebrantes, mas cerriles y dados comúnmente al añejo arte del bebercio, quienes calmen sus ardores con vinos de la tierra y cervezas del Isaito y ya en los postres llegaran los consiguientes cubatas, que habrán de poner la cabeza cual cencerro y la mente enmarañada hasta acabar cantando, al unísono y en coral polifonía, la conocida canción del: “cuando los borrachos van a la taberna, se beben el  vino, se gastan las perras, luego van a casa con una merluza y todo lo paga la pobre Maruja”. Amén y hasta la próxima.
                                                                                                                       








     

viernes, 20 de enero de 2012

De la mano de mi amigo Charles Chaplin

    
     Con el favor impagable de mi amigo Charles Chaplin, a quien se debe la idea de esta declaración de principios.

     No me preguntéis porqué, pero os puedo asegurar que en contados momentos de mi vida fui capaz de perdonar errores que antes me hubieran resultado imperdonables. También he de reconocer que traté de sustituir a quien me resultó antes insustituible y vanamente quise depositar en la mochila del olvido a personas que hicieron que la vida me brindase momentos inolvidables. Hice cosas por impulso, critique y también eleve al podio de la vanagloria a quien no lo merecía y hubo infinidad de amigos que sin serlo me decepcionaron, a la vez que sin perdón fueron montaña aquellos a los que con toda seguridad decepcione. 
     Ofrecí mis brazos abiertos a quien los necesitó y brindé risas cuando las lágrimas afloraban en mi rostro. Tuve amigos con los que compartí la vida entera, amigos a los que ame, amigos que me amaron, amigos a quien decepcioné, amigos que me decepcionaron, amigos con los que compartí risas y salte de felicidad. Amigos a los que prometí amistad eterna, a  los que hice juramentos eternos que después irremediablemente rompí.
     Lloré y gocé escuchando las añejas canciones que alimentaban mi ser, viendo las fotos de mi vida y hubo voces que me cautivaron, sonrisas que me quedaron prendidas, gestos que me enamoraron. También me hundí en el pozo oscuro de la nostalgia arropada en tristeza y melancolía, tuve miedo a perder a quien me sostenía y al final terminé perdiéndolo y continúe viviendo, sin renunciar a la vida y solo por ello continué vivo.
    Y sigo luchando, lidiando el vivir con valentía, abrazando la existencia con pasión, aprendiendo a perder con dignidad y a ganar con osadía, porque la vida no puede ser solo pasar y este pasar nunca puede ser banal e insignificante

                                                                                               

jueves, 12 de enero de 2012

De los números, las letras, el Morgan y la gimnasia.

     No recuerdo si habremos contado en alguna ocasión, en este rincón de referir recordaciones y hechos acontecidos, que este escribidor es hombre de letras, no en vano les cansa a ustedes, pobres lectores de sus divagaciones, con extensas homilías insustanciales, de palabra escrita o hablada y si habremos igualmente dicho que el asunto de los números siempre fue cosa que me puso la cabeza como un bombo, los pocos pelos como escarpias y el ser entero en estado de máxima alerta.
    Lejanos quedan los tiempos, aunque desde cerca los contemplo, y los primitivos días del aprendizaje de las primeras reglas de las ciencias y las letras en el lóbrego colegio conventual de las Madres Concepcionistas, del que no entraré en esta ocasión a contar vicisitudes e incidencias que dejo para fecha venidera, y del que diré, como a modo de aperitivo, que entre sus paredes se hacía bueno aquel dicho, verdadero y cierto, que viene a decir “que las letras, con sangre entran”.
     Allí aprendí a trenzar las primeras palabras, a hilvanar los primeros números y más pronto que tarde hube de descubrir que juntar letras era pormenor que me hechizaba por lo que, a través del tiempo y su pasar, empece a tener claro el convencimiento de que integrales, ecuaciones y raíces cuadradas eran materias diseñadas para intelectos de mas entendimiento y alcances siendo lo mío, en el devenir futuro de profesiones, afanes y carreras, todo lo que alejado estuviera, y cuanto más mejor, de la Física, Química y Matemáticas.
      Y así, como en volandas, correremos un rápido y tupido velo sobre lo acaecido y acontecido en aquellos primeros años escolares para decir que llegado al final de la Educación General Básica, vigente en aquellos tiempos, tenía el escribidor claro como el agua que su porvenir estaba en el estudio del periodismo, hecho este que puso en conocimiento de sus progenitores para que, juntos y en buena armonía, tomásemos acerca de mi incipiente futuro la decisión acertada.
     Y fue entonces cuando ocurrió lo inesperado, el designio torcido del destino que hizo a mis padres pensar que deber debían pedir consejo a Doña Josefa Hellín de Vivar, a quien han contemplado más de 103 años de existencia, maestra de francés, directora del Colegio Público Cervantes y vecina de la misma calle, que fue a tener la ocurrente ocurrencia de aconsejarles que lo mejor, dada la humilde condición de la familia y siendo el periodismo carrera de largo recorrido, es que"mandéis a Maurito a estudiar y aprender un oficio en la escuela de Maestría Industrial de Valdepeñas", con lo que sin quererlo ni desearlo, entonces los infantes adolescentes teníamos poco que decir y menos que opinar, me encontré a las primeras de cambio matriculado en el primer curso del primer grado de Formación Profesional en la rama de electricidad, con lo que el fantasma de los algoritmos, formulas, guarismos y otras bestias del averno relacionadas con el mundo de la luz y la luminotecnia dejaron de ser etéreas para volverse tan reales como la vida misma.
     Y fue así como, sin comerlo ni beberlo, me encontré en los albores de una mañana del 75 a bordo del autobús desvencijado de Alfonso Clemente Lietor camino de la que debía ser, y no sería, puerta del porvenir y meta de sueños posibles o venideros. Hasta aquí todo sería normal, sosegado y predecible de no ser porque al llegar al destino, y ubicado ya en la clase correspondiente, hube de comprobar con espanto contenido que entre las materias que se impartían en el centro estaba la de gimnasia.
     Se preguntaran los amables lectores de estas divagaciones sin fuste la razón de  la anterior aseveración y el motivo de mi inquina en lo que al ejercicio físico se refería. Por ello deben saber que hasta aquel preciso instante este escribidor jamás había asistido a clase de gimnasia alguna debido a que en el colegio del pueblo no había profesor que impartir impartiese la citada disciplina, por lo que el ejercicio físico que hacíamos, con el beneplácito de maestros y enseñantes, era jugar al fútbol en las eras, lugares aquellos donde en el estío se amontonaba el trigo de la cosecha y donde también, y a la primera de cambio, nos liábamos a pedradas abriéndonos rajas y brechas en cabezas y cabezones.
     El escribidor siempre sintió aversión por los juegos rudos y su práctica salvaje, lo que no quiere decir que, obligado ante la posible mofa de los que le rodeaban, no hiciere de tripas corazón a la hora de jugar al tranco, borriquillo en la pared y otras prácticas primitivas dignas del África subsahariana, aunque la razón esencial de tan firme proceder era la convicción, clara y concisa, de que en el asunto del deporte no estaba llamado a realizar grandes gestas reseñables.
     Con estas llegó el temido día en que, con camiseta de hombrillos y pantalones cortos, ¡que ver adolescente tenía el ejemplar!, tuvo lugar el primer encuentro con El Morgan, fustigador de la gimnástica clase y director a ultranza de la misma. Aún ahora me pregunto, sin encontrar jamás la respuesta, que podría desarrollar en tan deportivo lugar este mortal si ya por aquellos entonces, enclenque aunque vigoroso, era incapaz siquiera de flexionarse sin que le crujieran costillas, articulaciones y coyunturas. Baste decir como premisa que en tiempos más actuales su venerable suegra, con 83 años a cuestas, es capaz de doblarse, para asombro y consternación del susodicho, hasta colocar las palmas de sus manos en el suelo, mientras este servidor de ustedes es incapaz, por torpe e inhábil, de pasar de la frontera que le marcan sus rodillas. Concluiremos entonces que abdominales, flexiones y otras prácticas por el estilo eran un sufrir del purgatorio, motivo este por el cual la manía perpetua a la práctica de la física educación creció en mi interior como vergel en el mes de mayo.
     Dio comienzo la clase con calentamientos, estiramientos y otras prácticas habituales en el buen hacer y desarrollo de la gimnasia hasta que llego el momento en que, con el ceño fruncido y los sentidos alerta, ordeno el susodicho profesor a dos de los alumnos más fornidos que procediesen a preparar los aparatos. En un primer momento mi confusión fue extrema y después el pavor más absoluto se apodero de todos los rincones de mi ser al comprobar que se refería con tal aseveración a los artilugios más temidos a lo largo de mi vida y que respondían a nombres de catalogación tan animal como potro, caballo y otro de difícil clasificación, ignorado y desconocido, apodado plinto.
     Colocados están ya, cada uno en su justo lugar y a los pies de cada cual reposa una colchoneta verde, para amortiguar las posibles caídas y porrascazos, y también tenemos, erecto e impasible, con un pito colgado al cuello, el mirar marcial e impasible y el bigote renegrido, al Morgan, pasando lista “pa” que vayamos saltando. Como les podría contar, apreciados leedores, lo que sintió mi ser convulsionado cuando la fila disminuía y el temido momento de mis desvelos se acercaba ineludible como cuando el reo va de camino hacia el cadalso. Así, y sin más dilación, saltó el que estaba delante y allí me encontré  observando cómo extasiado lo que llamaban el potro. Con el brío de mil caballos oigo mi nombre declamado con fuerza, contesto un ¡presente!. débil y como enfermizo, mientras el Morgan me observa y me dice que "¡las antiparras fuera!". "Si me las quito no veo ni un pijo", contesto, en el deseo vital de librarme del temido circuito mortal, más no se compadece el antedicho que repite "¡que te las quites!" como poseído por Lucifer y sus huestes. Y ya estamos otra vez en Londres, niebla espesa, objetos difuminados, mientras un grito atroz rasga el aire y corta la respiración ordenando como por decreto "¡potro interior!" y allá que van mis exiguas carnes volatineras por los aires tropezando con los pies en el armatoste y cayendo de bruces en la colchoneta. Me levanto dolorido y casi sin tiempo para la cordura una nueva orden inmisericorde me indica "¡caballo!"  y allá que va otra vez este miope ejemplar impulsándose en el aire y quedando clavado en la mitad del cacharro cual jinete persa en Las Termopilas. Empiezan a aflorar las risas, las chanzas y el cachondeo del respetable cuando, maltrecho y herido en el cuerpo y en el alma, y cagándome en sus muertos, perdonen la inconveniencia, al nuevo mandato de "¡plinto!" enfilo hacia el último obstáculo del tortuoso circuito clavando la testuz cual vacuno astado rematando al burladero y cayendo al suelo derrotado en el vano intento de dar una simple voltereta.
    Aquel día, mientras subía las escaleras del gimnasio rumbo a la calle me hice la firme promesa de no volver a bajarlas y fue juramento que cumplí en la medida en que me fue posible quedándome  de por vida el recuelo inalterable de una sentida inapetencia hacia la practica general del deporte y sus cuestiones. 
     Y será por ello que a lo más que llego en los deportivos asuntos es a la destreza avezada del levantamiento de vidrio en bares, que lugares tan bellos para conversar, y al deportivo esfuerzo de seguir las exiguas gestas, sufriendo como no podía ser de otra  manera, de mi venerado Atlético de Madrid, celebrando sus victorias por todo lo alto como pueden comprobar en la "afoto".

  
     
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miércoles, 4 de enero de 2012

... de los magos de Oriente y sus "cuantiosos" regalos.

       Melchor, Gaspar y Baltasar ocuparon una parte importante de mi primer transcurrir transido por los caminos de la vida. Y digo esto, porque dada mi  débil condición y el hecho añadido de que la hacedora de mis días fuese mujer siempre ocupada en las hacendosas tareas del aseo y mantenimiento de la infame casa de mi infancia, bien en la mera limpieza de los suelos, que hacía hincada de rodillas, fregando con un trapo desharrapado en la mano y el cubo de cinc a la diestra,(…cuantos kilómetros haría mi pobre madre lustrando aquellas baldosas cual penitente dolorosa, con sus rodilleras de trapo, a la espera de que Manuel Jalón Corominas, ingeniero aeronáutico y oficial del ejército del aire en la base aérea de Zaragoza inventase la fregona), u ocupándose del lavado de las ropas, en la pila que ubicada estaba junto al pozo  en un patio inmenso y desangelado en las escasas horas que le dejaba el mísero trabajo de ayudanta en la peluquería de la tía María, poco tiempo tenía para ocuparse de mis andanzas y peripecias de tierno infante, con lo que la solución rápida a esta vicisitud era provocarme el susto, la alarma y el sobresalto diciéndome que no me asomara a la escalera porque venía el Tío del Saco, El Marango o algún otro bicho mitologico de pueblo que provocar pudiera mi pavor y espanto.
     De esta guisa, la llegada de los venerables magos de Oriente se me antojaba, cuanto menos, como algo enigmático e inexplicable y la sola idea de pensar que hubiera de ser el negro Baltasar quien llamar llamase a mi puerta, provocaba en mi exiguo ser de ochomesino, una convulsión estremecida de pavor mezclada con espanto. Figúrense, sufridos lectores y lectoras de este humilde relato, que ya hemos dicho en otras ocasiones que la vida y su discurrir en aquellos tiempos era como en blanco y negro, por lo que poco abiertos estábamos a la contemplación de los seres que habitaban otros lugares de este mundo. Por ello, sorprendidos quedábamos cuando, durante las Ferias y Fiestas, contemplábamos la llegada de los moros de Marruecos, vendedores de todo lo vendible,(…hasta condones, entonces prohibidos), enfundados en túnicas y chilabas hasta las rodillas, rodeados a su vez de los olores desprendidos por tanta ocultación y envoltura, y mucho mas atónitos y pasmados permanecíamos, algo así como extasiados, cuando algún habitante negro como el betún, llegado desde la Cuba, del África  u otro lugar, aparecía por los confines del pueblo.
     Imbuido pues por estos pensares, la sola idea de que el negro Baltasar apareciera por el balcón de la casa, me hacía estar aquellas noches heladas de enero, con los ojos avizor y los sentidos alerta, hasta que irremediablemente quedaba vencido por el cansancio y el sueño. Era entonces, al despertar  y al albor de un nuevo día, cuando con prontitud recorría los rincones de la casa buscando lo que hubieran podido dejar los magos y era así como terminaba dando con lo dejado por sus reales altezas, que pocas veces se correspondía con lo esperado y querido de antemano.
     El Exin Castillos era un juego que me apasionaba, o mejor quedará dicho, dado que jamás he poseído ninguno, con el que quedaba entusiasmado y absorto al observar las construcciones que ensamblando sus numerosas piezas podían realizarse, en los anuncios televisivos que visionaba en el añejo televisor Optimus que emplazado estaba para deleite de sus socios en el Circulo de Recreo. Tal vez por ello, imbuido todo mi menudo ser de tal afán constructor, hube de pedir a mis progenitores en alguna Navidad de finales de los sesenta que tuvieran a bien concederme la petición de pedir a sus realísimas altezas de Oriente tan instructivo juguete, siéndome concedida de tal manera, que durante los días que siguieron mi vida transcurrió como a lomos de una nube, visionando anuncios e imaginando las fortalezas que habría de crear y construir. Llegada la mañana del seis de Enero enfilé presto hacia el balcón a por el ansiado deseo de mis sueños y cuál no sería mi estupefacción, (…hasta el habla se me cortó) al contemplar en el interior de un tubo de plástico, unas cuantas piezas que ensambladas no daban para construir  un chozo.
     El Cine Exin fue motivo de otra cansina tabarra, hasta que hubo de llegar la Tere, sobrina carnal de la tía María, para regalarme un ajado proyector que había pertenecido a su primogénito hijo. El día que irrumpió al fondo de la escalera de la casa de mi infancia con el inservible armatoste sumergido en una caja de cartón, estaba este pobre infante esperando ver emerger de aquellas entrañas el proyector de sus sueños cuando estupefacto quedó pasmado, con los ojos miopes como platos y acercando la nariz hasta el objeto deseado pudiendo visionar,(…entre brumas, como en Londres) que se trataba de un artefacto de color verde, horroroso y de chapa,(…”pa” que no diera calambre). Acompañaban al espantoso cacharro unas cuantas películas de Dumbo y el Pato Donald  y unos discos de pizarra, más viejos que La Bella Otero, rotos y unidos con esparadrapos, que supuestamente se colocaban en la parte superior del cinematográfico aparato, hasta la que llegaba un brazo articulado, cual gramófono de otro siglo, y del que puedo asegurarles, por mi honor y dignidad, que jamás brotó sonido alguno o emisión que no fueran los relativos a algo así como gruñidos o estertores de ultratumba.
     Más cercano en el tiempo queda, (…”solo” hará como treinta años), el día en que hubimos de echarle una mano, en los albores de la tierna juventud, a Manuel Sáez “El Jefillo” en la realización de un belén viviente. Decoramos carros y remolques como suntuosas carrozas en la bodega de Isidoro Bravo, desde donde habrían de partir en real cabalgata mi amigo Gregorio “El Pavo”, cual  San José muy barbado, llevando sobre la burra, que debía ser del Guagui, a Conchi, la del Chocolate, hasta las escuelas centenarias del Jardinillo, donde esperaban de manera regia los soldados romanos, (…tal vez Joselito Testón anduviera en este lance), pastores, reyes magos y hasta el tío que en el portal siempre aparece cagando, para una vez hecho este inciso en el camino, partir por la Calle Real hasta el belén que se encontraba en la plaza.
     Así hubo de ser, como fue, que llegados al destino San José, la Virgen, el borrico y los pastores hubiera de acercarse hasta Gregorio el bueno de Pepe Pollos, (… que Dios tenga en su santa gloria), para decirle al oído, sorprendido y confuso, aquel decir que decía algo así como este dicho: “Jamás había visto yo, por mucho que tenga visto, a un pavo de San José y una Virgen de chocolate”.