Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

jueves, 22 de septiembre de 2011

Historias de la radio.

     El primer aparato de radio en mi vida era una Invicta. Advierta el apreciado leedor o leedora como el nombre hablaba por sí solo y era calificativo marcial, guerrero y belicoso, de los que el pomposo régimen franquista tenía por gusto poner a todo producto que fabricado fuera en el suelo patrio. Estamos hablando de mediados de la década de los años 60, cuando ya el artilugio en cuestión tenía a buen seguro, un par de décadas de trabajo y funcionamiento a sus espaldas. Estaba anclado sobre una repisa de obra, hecha a maza y martillo, en uno de los rincones de la cocina y cada vez que se enchufaba, asunto este que no era de todos los días por aquello del gasto eléctrico, emitía unos ruidos durante su calentamiento parecidos a los del despegue de un bimotor en los infiernos y para ser veraz y cierto habré de decir que, asustadizo y temeroso de todo como era, me apartaba unos metros de su lado con la clara convicción de que más temprano que tarde aquel armatoste reventaría partido en mil pedazos.
     Grabados en la parte delantera, por donde discurría a toda velocidad  el dial, tenía punteados los nombres de las distintas capitales de Europa y de las ciudades más importantes de nuestra querida España y llevaba acoplado además un transformador que convertía los recién estrenados 220 voltios en los 125 que pululaban por la red eléctrica en los días en que fue adquirido. Así, al calor del brasero, con olores y efluvios varios, en las noches del frio invierno oíamos con fruición e interés, sentados alrededor de la mesa camilla, viejos desdentados y tiernos infantes, los programas de discos dedicados, pesados y tediosos hasta el sopor y cansancio, donde Juanito Valderrama cantaba El emigrante, mientras lagrimas de congoja llovían por las mejillas de mi madre que recordaba a sus hermanos emigrados a la rica y opulenta Cataluña y Antonio Molina desgranaba con musicales acordes de jilguero empalagoso la archiconocida copla del Soy Minero. También estaba el consultorio de Elena Francis que duraría, aunque parecer pueda increíble, la friolera de treintaisiete años, los que comprendidos van entre 1947 y 1984. En el se recibían cartas de amores y desamores que eran supuestamente contestadas, y así se creyó durante más de tres décadas, por una especialista que no era otra cosa que una aviesa periodista muy versada en la materia.
     El alborozo rebozado en júbilo y rodeado de entusiasmo, se apoderó de las vetustas estancias de la casa el día en que mi padre apareció con un transistor portátil cuyo nombre era INTER. Difícil sería enumerar el cumulo de sensaciones que se apoderaron de nuestras sufridas almas al comprobar que aquel aparato de ultima vanguardia era transportable y podía llevarse como de flor en flor desde la cocina con sus cocidos, al retrete que, con sus olores, se aposentaba cruzando patios y bodegas en rincones perdidos del averno. En esos tiempos la frecuencia modulada estaba todavía en el limbo, y aquel cacharro emitía en ondas que hacían que la recepción de músicas, novelas, noticias y asuntos varios se perdiese como el eco en el Gran Cañón del Colorado o lo que es igual y viene a ser lo mismo, que cabreos y dichos varios aflorasen cada vez que en el desenlace de un serial, la apoteosis central de una canción o el final del Diario Hablado de Radio Nacional de España, se fuesen voz y sonido a donde Ulpiano perdió el mechero.
      Estamos hablando, queridos lectores, de la época en que los primeros reproductores de casetes hicieron su aparición y juro por mi honor que no era raro ver por las calles del manchego pueblo a algún que otro “espabilao” que emigrado a la capital capitalina de las Españas o venido de las catalanas tierras iba por la calle con el aparato, mastodóntico como todo lo primerizo, colgado en el hombro en bandolera, con la consiguiente inclinación hacia el lado del que colgaba el aparato. Solía darse, y se da, esta llegada masiva de ausentes hijos del pueblo por los primeros días de septiembre y tenía su culminación y clímax el 8 del mismo mes, día de la patrona y fecha en la que por paseos y alamedas de Las Virtudes el carro de Manolo Escobar  vagaba como perdido, sonando ininterrumpidamente desde la mañana hasta la noche.
     Las Historias para no Dormir de Narciso Ibáñez Serrador, o algo que se le parecía, las escuchábamos en un Vanguard último modelo, que mi progenitor adquirió en la tienda de David Laguna Rodero, que estaba situada en la acera contraria a su taller de zapatería, en el antiguo salón de bodas y banquetes de Coronado. Durante un tiempo el aparato viajó desde la casa al establecimiento zapatero igual que un penitente nazareno en devota procesión de Semana Santa.
     Pero cierto es que la culminación de las apetencias y la apertura a la mas incipiente modernidad llego con un transistor de bolsillo, un AIWA de manufactura japonesa, que adquirido fue en Barcelona, en uno de los pocos viajes que mis padres hubieron de hacer a lo largo de su vida, a la boda de una prima que hoy en día y a buen seguro, deberá ser, por edad y extensión de tiempo, abuela de primorosos nietos.
    Después llegó el reproductor de casetes Sanyo que José Zabala trajo de los decomisos de Madrid y más tarde un estereofónico aparato de la misma marca que hizo que mi afición por la música, que ya afloraba oyendo los programas interminables de discos dedicados, se hiciese enfermedad gustosa e incurable, bálsamo de Fierabrás con que curar las heridas que deja el vivir y el eterno discurrir por los caminos de la existencia. Mas esa es otra historia, otro chisme fabulado que el escribidor contará cuando le venga en gana y a bien le venga.

    Esta historia también se ajusta a la más estricta realidad queridos lectores y los aparatos que aparecen en las fotografías son los originales, de los que solo funciona perfectamente y a pleno rendimiento la Invicta mencionada. Debe ser que hace honor a su nombre .....

sábado, 10 de septiembre de 2011

Del Botas y sus coreanos.

      Desde el más sincero aprecio, este escrito está dedicado a la familia de los Botas. A los que  se fueron: Justo, José, Regina, el “Jaro” Antonio y el buen Jesús; a quienes siguen por estos lugares: José Luis. Virtudes y su hermana pequeña, de la que mi vana memoria olvidó el nombre, a todos sus descendientes y a quién, sin quererlo, pudiera dejar en el olvido.
     El clan de los Botas  siempre fue único e irrepetible. Fíjense amigos lectores que cuando el carnaval santacruceño rayaba la sombra del olvido allá por los años setenta, esta estirpe, imperecedera en el recuerdo, tenía la osadía de echarse a la calle con un carrillo de mano el día del entierro de la sardina, colmado del debido avituallamiento de viandas y bebidas, para entre sollozos contenidos proceder a celebrar el funeral de la extinta pescadilla, dando así por terminadas las fiestas de Don Carnal, dejando paso al recato de Doña Cuaresma.
     Cuenta también el anecdotario, aunque quiero creer que fue Justo quien me lo relató, que habiéndose juntado familiares y amigos al placentero menester de comerse un buen cordero, se dieron cuenta tardía de que era día de cuaresma. Imaginen los lectores que en aquella época de recato, mal visto estaba el comer carne en tan señalada fecha, por lo que prestos y sin demora, estaban en una huerta, lanzaron el borrego con prontitud a la alberca y así,  de una vez bien remojado le cantaron una coplilla acertada que ha decir decía: “Eras cordero y te has “mojao”, te has “convertio” en bacalao”.
     Fueron los Chuletas, estirpe también famosa en el menester de hacer de la vida placer divino y acérrimos carnavaleros, quienes compusieron una coplilla que impresa fue en un libro de festejos, allá por la década de los 60 y que venía a decir aquello de: “Porque pudo y porque quiso, hizo un palacio en el Viso, el Marqués de Santa Cruz. Y siendo el beber preciso, como al día le es la luz, porque pudo y porque quiso, hizo el Botas en el Viso, un bar como en Santa Cruz”.  Por ellos, por su recuerdo …

Del Botas y de sus coreanos


     José “El Botas”, era un buen hombre. Y como a casi todos los que son buenos, le gustaba el vino más que  a los chotos la leche. Pasaba horas, días y meses, que después se hicieron años, detrás de la barra  del bar de su hermano Justo, que siempre tuvo la rara habilidad, de mantener en equilibrio sobre la cabeza, cualquier vaso, que lleno estuviere de liquido bebible. Eso sí, cuanto más beodo, mejor se mantenía el recipiente sobre la testuz.
     El bar del Botas era sórdido. Avalado por milenarias pringues, parecía que en aquella tasca se había detenido el tiempo muchos años atrás. El Botas tenía un recuelo de encanto: las tapas de la Regina, que era hermana de los antedichos. Coliflor rebozada, y un invento, que llamaban coreano y que consistía  en poner sobre un trozo de pan frito, una mezcla de tomate, bacalao y algún ingrediente más, que ignoro y del que no me acuerdo. Tenían detrás de la barra, una merendera con aquel mejunje, y de allí iban poniendo los aperitivos. Cuando alguien soplaba sobre aquella sopa, pensando que quemar debía, solía decir José: - “Como no sea “pa” quitale el polvo”-.
      También se cuenta en los mentideros del pueblo que una tarde, al caer la hora de la siesta, apareció un hombre por el bar, sombrero de fieltro adornando la testa y cartera bajo el brazo; un viajante que debía ir de paso o a la caza de algún desvalido cliente. Hizo su entrada en el chiringuito y con suma educación preguntó si había café a lo que José, como absorto en sus pensamientos, contestó con una afirmación inclinando la cabeza, mientras colocaba parsimonioso y tomándose su tiempo, plato y cuchara con el consiguiente azucarillo. Como transcurrido un buen periodo de tiempo y en la más absoluta incredulidad, hubo de comprobar el buen hombre que el camarero continuaba como ido y sin hacer movimiento alguno que presagiara que estaba en marcha la estimulante bebida, volvió a preguntar si había café, a lo que José contesto impertérrito y como ido: “le he dicho que sí, pero será cuando lo traiga La Sepulvedana”. Aclarar que La Sepulvedana era y es, la empresa de autocares que con viajeros y mercancías realiza el trayecto Jaén-Madrid y viceversa, parando en las localidades, como es el caso, que va encontrando a su paso.
   Justo regentó durante muchos años, la Verbena Municipal. Eran otros tiempos, otras gentes y otros gustos. Allí tocó muchas veces, un grupo de música llamado  La Vieja Banda, que se hicieron famosos porque interpretaban, de forma sublime y maravillosa, la banda sonora de La Muerte Tenia un Precio, famosa película del oeste filmada en el árido desierto de Almería por el director italiano Sergio Leone e interpretada por el siempre versátil Clint Eastwood. También recuerdo que actuaron, o tal vez me empecino en creer que así fue sin que lo fuera, en aquel recinto Juan Bau, Los Chichos y otros rumberos de aquellos, que se hicieron famosos por esos años, llamados Rumba Tres. Eran tiempos, de melenas largas y patillas estilo bandolero; épocas de mayor recato, en los que a pesar  del férreo adoctrinamiento en costumbres y maneras, casi todos meaban en los arriates del parque los litros de cerveza que se zampaban en el valdepeñero bar de los Alaska.