Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

sábado, 27 de noviembre de 2010

... sin grandes pretensiones; con lo justo.


     Pregúntame donde voy; te contestaré que a ningún sitio. Con los años y la calvicie, que no canas, he aprendido a no marcar metas y menos aún imposibles sueños que después se tornan montañas insalvables. Por ello, vivo al día y con lo puesto, que tal como está el patio no es mal tesoro y en mi pensamiento no hay futuro, solo presente. En tiempos pasados gusté del sabor de la amargura; la incertidumbre del ¿qué será de mí mañana?, el sinsentido de ver murallas y miedo donde no había nada. Una cita de Julio Cesar se quedó grabada en mi eterna desmemoria, “cuando lleguemos a ese rio, hablaremos de ese puente”. Pensé, medité y vi claramente la verdad que me enseñaba una frase tan aparentemente simple en su escueta brevedad. 
     A veces, por breves periodos, siguen llamando a mi puerta ráfagas de mala racha, pájaros negros de mal agüero a los que ahuyento soltándole al perro, y algo importante, he aprendido a mirar los problemas, los escollos cara a cara, sin dejarlos reposar para mañana. Por último, pregúntame que me motiva, porque vivo, que me apasiona. Si te contesto que la familia y mis hijos, me dirás que es lo tópico y normal. Si por el contrario te afirmo que la música, mis libros, el cine, ¡que se yo!, afirmaras, ¡no sales de lo habitual!. Me obligas, pues a confesarte que mi mayor afición con el pasar de los años, es perder el tiempo, respirar el aire, observar los pájaros, ver los arboles crecer, marchitarse, resurgir y esperar; esperar con paciencia lo que haya de venir, que bienvenido será, si es positivo disfrutándolo y exprimiéndolo; si es adverso salvándolo como buenamente pueda, porque ya dice el refrán y mi atengo a su premisa, que “no hay bien ni mal que cien años dure”. Ni cuerpo, digo yo, que lo resista.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

... entre brumas, La Colina.

     Tres gatos. Tres tristes gatos. Uno es negro. Negro como el carbón; como un mal presagio. Los otros dos son de un color indefinido, indeterminado y confuso, indiferente. Se mueven parsimoniosos de una acera a la otra buscando comida en los cubos de basura que adornan, como jinetes sin cabalgadura, en fila, los márgenes inciertos de la calle de Cervantes. No es tarde; aún no dieron las diez en el maltrecho reloj que engalana como un roto espantajo la fachada del Ayuntamiento y apenas se ven viandantes; para ser sincero diré que no hay alma que asome el pico en esta noche de Enero. Los portales de la plaza, solo están iluminados por la luz de los tubos fluorescentes, huérfanos y escasos, que sale por los ventanales del Bar La Campana. Se abre la puerta de la cantina y emergen a la boca negra de la noche dos figuras desdibujadas por la neblina, que poco a poco, como un blanco sudario está cubriendo la tenebrosa oscuridad nocturna. Van achispados, algo beodos parecen cuando en su lento caminar, diré más bien transitar, avanzan dos pasos adelante y uno hacia atrás y pronto deduzco quienes son al observar sus figuras; llamaremos a uno primero, no por antojo y capricho, sino por una cuestión de orden y al otro segundo, porque son dos y con eso basta. Como digo, los efectos etílicos del alcohol son patentes, tan manifiestos que el primero, que es de complexión enjuta  y como algo consumida, se agarra con fuerza a los barrotes de una ventana de la casa de los Fontes, gente regia y de abolengo, y sin más preámbulos vomita la primera papilla que le dio su madre. El segundo, que es de andares más lentos y parsimoniosos, le da alcance en ese momento y he de decir que no me sorprende su indiferencia hacia el caído, porque aplica una máxima que entre los dos es ley, el hoy por mí y mañana por ti o lo que es igual y da lo mismo, esto es a uso de tropa y cada uno se jode cuando le toca. Por ello cuando le rebasa por el costado derecho no hay preocupación en su semblante; tampoco inquietud o nerviosismo, cuando emite un sonido que más bien pareciera eco cavernoso, como sobrevenido del fondo lúgubre de un pozo. Cuando paso a su lado, un pestilente olor a vino o a compuestos varios, estos no le hacen ascos a nada, aromatiza la calle con un tufo agrio, acido, pestilente. 
    No quiero provocar repulsiones innecesarias, ya que para decir lo que quiero decir, ¿qué digo decir?, mejor narrar, ya que trato de referir y describir lo que acaece en esta noche de frio invierno, donde hasta las piedras yertas se contraen ateridas, no es necesario inducir al amable lector a la probable eventualidad de sentirse en la necesidad de abandonar la lectura de este escrito. Por ello os diré, que ando enfundado en un chambergo al que se ha dado en llamar coreano, prenda esta de consistente y sólido abrigo, en dirección a la intersección de calles conocida como la Puente, que no es otra cosa que una pequeña plazuela coronada en su simpleza por un buzón de Correos. Se acrecienta rápidamente la bruma y un velo tupido de niebla plomiza se extiende con inusitada rapidez por calles y esquinas, todo lo envuelve cual muralla impalpable, como monstruo intangible.
     Es entonces, solo en ese momento cuando diviso, mejor decir que distingo impreciso, el añejo cartel luminoso que anuncia la llegada a mi destino. El viento invernal lo mueve mientras chirría sobre goznes oxidados, maltrechos y diré también, en honor a la verdad que luces tiene pocas, mejor aseverar que ninguna, afirmar con rotundidad que todas, si alguna vez existieron, están fundidas. Sobre el luminoso, que debió brillar en algún momento enterrado en la memoria, resalta impreso en letras negras el nombre del garito, La Colina, sin más, escueto, conciso, simple. Digo garito, como podría decir leonera, y porque esto no es lo que usualmente entendemos y llamamos bar; a este antro ni tan siquiera podemos llamarle tasca, que es igual pero con menos categoría. Solo existe un pasillo corto, breve, y al final una puerta de madera, vieja y herrumbrosa, que al verla da que pensar, con evidente razón, que el primero que la abrió lleva tiempo criando malvas. No piense el lector que la puerta como tal cumple las funciones para la que fue creada; la puerta como a lomos de un maltrecho Rocinante, montada sobre  unas cajas vacías de cerveza, Cruzcampo para ser concisos y ciertos, desempeña las tareas de barra, de improvisado mostrador donde se sirve vino y cerveza, no más, aquí no existe la diversidad, sobra y basta con lo elemental, con lo justo y necesario, ¿para qué más?. Seguir describiendo el ambiente, lo que se cuece entre estas vetustas paredes es tarea ímproba y laboriosa; requiere por ello de esfuerzo, de una agudeza mental que ahora, en este preciso momento huye de mí despavorida sin que por ello no comprometa mi palabra, mi honor de pobre escritor en ciernes, al prometer a mis apreciados y venerados lectores que esta historia habrá de extenderse y continuar hasta donde sea necesario; mas eso será otro día.

jueves, 11 de noviembre de 2010

...tratado de urbanidad.



Sería un buen síntoma que cualquier día
al despertarnos el reloj en la alborada
no lo apagásemos de mala leche.
Sería bueno también, que por la mente
no se cruzase la desgana y la desidia
al enfrentarnos al quehacer cotidiano.
Estaría de perlas, que los unos y las otras
caminásemos al romper el día por la calle
con el andar resuelto y en buena sintonía
que el tendero no engañase a las Marías.
Que Juan apreciase a Pedro y viceversa,
que los dos entrasen tranquilos al bar
sin temer encontrarse con José
a quien repudian y no hablan desde hace años
por una disputa banal que jamás condujo a nada.
Por ello, sería también un buen detalle
que Juan, Pedro o José diesen su brazo a torcer
y un buen día se fundiesen en un abrazo
celebrándolo con unas cañas de cerveza
para que todo lo pasado quedase en agua,
en agua de arroyo que se lleva el olvido.
Sería bueno también, curativo y saludable
que se pudiera servir a quien sirvió
y que en contrapartida se pudiera pedir
todo lo necesario a quien en tiempos pidió.
Por ello sería de agradecer, de premiar y gratificar
que todo fuese limpio y como está dispuesto
que estuviesen siempre presentes, la buena conciencia
el sentido común, el buen hacer y la prudencia
y que hiciésemos de todos las palabras de Serrat:
“que todo sea como está mandado y que nadie mande”.
Y también sería bueno, sin espantarnos por ello
no llamarle al blanco negro y al negro blanco
andar por la vida sintiéndonos útiles y serviciales
y desear que por unas horas o por unos días
la parte ancha del embudo, fuese para el que sufre la estrecha
y la estrecha para todos aquellos que disfrutan de la ancha.
Sería por último deseable, citando de nuevo a Serrat:
“todo un detalle, todo un síntoma de urbanidad
que no perdiesen siempre los mismos,
 que heredasen de una vez los desheredados”.