Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

viernes, 28 de mayo de 2010

Pequeñas cosas

   
      Ante cualquier adversidad de la existencia, cuando no podemos salvar los diarios escollos, al desprendernos de un ser querido, cada vez que cualquier desengaño disfrazado llama a nuestra puerta, con amargura pensamos que la vida no es justa, que nos zancadillea, que no merecemos aquello que nos está pasando y unas veces es así, pero otra inmensa mayoría la vida no nos quita cosas: NOS LIBERA DE ELLAS.
Nos alivia de peso, nos aligera lastre y de esa forma volamos más alto para ir alcanzando la plenitud. Así desde que nacemos hasta que morimos la vida es un eterno aprendizaje, una escuela donde se mezclan todas las materias del hacer diario y sus cotidianos asuntos. Tal vez por la misma razón y circunstancia lo que llamamos problemas son lecciones. Lecciones de vida, de comportamiento, de saber estar ante la adversidad. Durante este discurrir no debieran existir las obligaciones y con ello quiero decir, que jamás debemos hacer aquello que no nos salga del alma; difícil y complicada cuestión en el mundo que nos rodea, donde casi nadie hace nada por nadie y donde el amor, motor que debe impulsar esta máquina, vive arrinconado, denostado, sin valor ni aprecio. Si solo hiciésemos lo que amamos, seríamos felices, pero nos complicamos con puerilidades sin sentido, con querer lograr metas que una vez alcanzadas nos dejan igual de vacios.
Mucho hay para gozar: la amistad de los amigos, el ruido de las olas al atardecer, la lluvia que golpea en los cristales en estos días de invierno, la lectura de un buen libro o los acordes de una música que nos eleva el espíritu, por decir solo unos ejemplos. Tengo un amigo que suele decirme: sabes que no estás solo, piensa en lo que posees, dile a todos aquellos que quieres cuanto los necesitas y encuentro que lleva razón y a la vez le contesto: en esta vida hay que tener buena salud y mala memoria. Buena salud, porque de este forma emprenderemos todo lo que queramos realizar con entusiasmo y energía. Mala memoria, porque de esa manera olvidaremos los malos rollos, que a ningún sitio positivo nos conducen y tanto nos amargan la existencia.

jueves, 27 de mayo de 2010

A la entrada del túnel






Siento pasión por la lectura. A lo largo de mi existencia, que empieza a tener un extenso recorrido, he sido un devora libros impenitente, asiduo lector de cuantos ejemplares llegaban a mis manos. De niño, mi pasión eran los tebeos, leía con fruición las patrióticas aventuras de los héroes hispanos y El Guerrero del Antifaz, Capitán Trueno y Jabato pasaron a formar parte de mi soñado mundo de aventuras irrealizables; las novelas de Marcial Lafuente Estefanía, llenas de buenos y malos que paseaban sus desavenencias por el salvaje oeste americano, fueron junto a los libros de Enid Blyton dedicados a los cinco y los de un cura, que después dejó de serlo, llamado José Luis Martin Vigil el germen de la semilla que plantó en mí una pasión desaforada por la lectura. Por el contrario, siempre carecí  de la necesaria memoria que me hiciera recordar citas, nombres y todo aquello que de su lectura podía aprender y jamás me preocupó que pasado un tiempo todo el recuerdo que me quedara de un relato leído fuese si había sido de mi agrado o por el contrario era un tostón considerable que había de ser enterrado en el baúl del olvido; con ello quedaba  satisfecho y me bastaba.
     Durante años fui comprando y acumulé todos aquellos ejemplares que mi exigua economía podía permitirme y los estantes de la dependencia de la casa dedicada a biblioteca se fueron llenando sin prisa y sin pausa, con la ilusión preconcebida  de que, llegado el momento de abandonar la rutina del cotidiano trabajo para disfrutar de una merecida jubilación, fuese uno de mis ansiados placeres el de dedicar todo el tiempo del mundo a saciar mi voracidad por la lectura. Jamás pensé  que tal vez llegado ese día, el poder de mis ojos ya no sería el mismo y menos aun el nivel de retentiva en mi memoria, que como ya he dicho anteriormente no ha gozado de plenitud ni en su época de bonanza y juventud. Ahora que veo acercarse lentamente ese momento he de admitir que conseguí cumplir con antelación tan anhelado deseo puesto que ya he devorado una ingente cantidad de los libros clasificados con exquisito primor y orden en cada estante según su género y temario. Mas no es esto lo que actualmente me importa; el problema que me acucia es el de los períodos oscuros, esos en los que no recuerdo lo que hace poco leí y que me hacen volver repetidamente una vez tras otra al principio del mismo capítulo, al párrafo que acaba de ser leído y no logro asimilar. También es cierto que cada vez con más asiduidad olvido cosas elementales y rutinarias como donde deje las zapatillas de andar por casa o cual es el cepillo con el que a diario lavo mi dentadura, donde quedó olvidado el pijama y naderías de este estilo que no tendrían mayor importancia de no ser porque pasó lo que me temía que habría de pasar. Laura, mi esposa y compañera desde hace más de treinta años, fue percibiendo  estos detalles sin importancia y a pesar de mi enconada oposición  a decidido que debo visitar al médico de cabecera y presta a pedido con premura la cita correspondiente y yo, que siento alergia crónica a los matasanos tengo un enfado de mil demonios, mas no hay posible solución ya que si ella a dispuesto que así sea, así habrá de ser a pesar de mis quejas y lamentos.
     Cuando retomo el curso de este relato deben haber pasado días, semanas o tal vez meses, no lo recuerdo con exactitud, pero tampoco tiene excesiva importancia. La primera visita médica fue al galeno de cabecera, que después de preguntar multitud de obviedades, optó por recomendar que era de vital importancia acudir a un especialista en la materia. Para acelerar el proceso y evitar engrosar listas de espera interminables, Laura estaba preocupada en exceso, optamos por acudir a una clínica privada donde un señor de poblada barba agilizó los trámites necesarios para ser tratado, ironías de la vida, por el mismo en su consulta del hospital dependiente de la seguridad social.
     A partir de este momento evitaré entrar en minuciosos detalles, ya que no quiero cansar en demasía a quien a bien tenga detenerse a leer este pobre testimonio, por ello seré escueto en la exposición y tan solo diré que después de pasar por un maremágnum de analíticas, pruebas y diagnósticos, me encontré al fin sentado, frente a frente, con aquel que había de decirme si en verdad ocurría algo en las remotas cavernas de mi cerebro. Comenzó su disertación de la manera más obvia, relatando que después de evaluar todos los informes que sobre su mesa tenía, había llegado a la certera conclusión de que algo estaba ocurriendo que afectaba a mi lucidez y que sin tenerlo del todo claro podía asegurar que se trataba de algún tipo de deterioro cognitivo. Le miré a los ojos, esbocé una mueca por sonrisa y le conminé a que dijese la verdad sin tapujos, más como aun así el buen hombre no se decidía a dictaminar su veredicto, yo pronuncié la sentencia: ¿Alzheimer doctor?, a lo que contesto con una abrumadora afirmación, mientras Laura clavaba su mirada en la mía y podía apreciar como el vacio proclamado en sus ojos denotaba el velo de incertidumbre y desolación que acababa de apoderarse de su ser.
     Vuelven a discurrir días, tal vez semanas, hasta que torno a desgranar palabras ante el papel, para continuar escribiendo. Laura sigue como ausente y es evidente que le cuesta sobremanera  asimilar este varapalo y no sé de qué manera  hacerle entender que todo aquello que discurre a lo largo de nuestras vidas tiene que ser necesariamente asumible. Está milimétricamente pendiente de todo lo que acontece a mí alrededor y son muchas las veces que con la mejor de sus intenciones se puede tornar difícilmente soportable. Comidas a la hora exacta, ingredientes medidos y precisados, tomas de medicamentos y demás menjunjes, horarios y días de consulta y rehabilitación, todo medido y calculado para que en esta “nueva vida” cada cosa este dispuesta a su debido momento.
     Me siento incapaz de demostrarle cuanto le agradezco su apoyo y dedicación porque no dudo de que inevitablemente las lagrimas correrán por sus mejillas surcando las incipientes arrugas de su semblante cual ríos de sal descontrolada y sus ojos hermosos y azulados quedaran velados por la niebla del llanto. Por ello he decidido escribirle unas palabras, dedicarle una ofrenda a tanto tiempo compartido y al que, sin duda, nos queda por compartir.  
     Amada mía:
                          A través de los cristales de la ventana contemplo el nacimiento de un nuevo día. Las primeras luces de la alborada iluminan tenuemente el jardín donde como un sarpullido de vida, las flores de los cerezos retallan comenzando a aflorar impetuosas. Observo en la lejanía la ermita de San Roque y pienso los avatares y sucesos que habrán contemplado sus añejas murallas. Una nueva primavera nace ante nuestros ojos, preñando de vida todo lo que nos rodea, inundando el cielo de pájaros, los arboles de hojas y el discurrir cotidiano fluye como sangre renovada por las venas.
     Y pensando, pienso y discurro cuantas serán las primaveras que hemos compartido a lo largo de los años transcurridos y adivino que deben haber pasado con creces la cuarentena. Remontándome en el tiempo, recuerdo nuestros primeros escarceos amorosos, aquellas citas compartidas en el más estricto secreto y en el amor que pausadamente fluyó como manantial en el desierto. Después todo fue sencillo y vital; la vida que tanto nos ofrece .alfombró nuestro camino para que juntos lo anduviésemos de la mano, disfrutando de los buenos momentos y compartiendo los que de dolor a veces inundaron nuestros días. Por ello, a tus pies arrodillado, pido mil veces perdón por las veces que te hice sufrir con mi manera de actuar intransigente, azuzada por la cólera del fuego que fluye de mis entrañas y a la vez te conmino a que comprendas que difícilmente se puede cambiar a estas alturas. Gracias, por todo lo que compartido, guardado quedó en el baúl de los aconteceres, por los hijos que cobijados en tu vientre vieron la vida, por la luz que diste a mi existencia en los días llenos de nubes negras, por tu dedicación desinteresada, por las flores con que adornaste los jarrones de mis oscuros rincones.
     Por último asegurarte que no es esta una carta de despedida, como de su lectura pudiera desprenderse, sino un canto de amor y reconocimiento cuando el camino a recorrer se va acortando y los días por vivir disminuyen inmisericordes, aunque tengo la certeza y convicción de que cada amanecida es una buena noticia que hay que compartir y exprimir hasta la última gota. Por ello, al destierro mando cuantos pájaros negros aniden en nuestra morada y la puerta abro a cuanto bueno este por venir.
                           Por todo cuanto me diste, para siempre y por siempre.

Acompañé la carta con dos billetes de avión con destino a Praga y la deposité en un buzón cercano a casa; quería que en estos tiempos en que nadie utiliza el correo convencional para comunicarse, la llegada de un escrito a la vieja usanza fuese toda una sorpresa para Laura.
    Han pasado tres largos años desde que hicimos realidad el mencionado viaje a la capital checa y aun lo llevamos grabado a fuego en la memoria. Era una ilusión compartida; siempre habíamos sentido el anhelo de visitar esta encantadora ciudad y es lógico que en nada decepcionase nuestras preconcebidas ilusiones. Paseamos como jóvenes enamorados por las orillas del Moldava y por el barrio de Mala Strana después de cruzar el majestuoso Puente de Carlos, sucumbimos al encanto de la belleza que salpica las angostas callejuelas que conducen a la Plaza de la Ciudad Vieja, mientras la música de los trovadores callejeros nos hacía viajar en nubes de felicidad.
     Como dije anteriormente, el tiempo inexorable ha ido transcurriendo desde entonces; con sus idas y venidas, consigo mantener el tipo y sigo luchando contra la adversidad. Los galenos que vigilan con presteza mi estado mental no logran explicarse el porqué del retardo en el fatal progreso de mi enfermedad. A veces les digo que el motivo es tan sencillo como querer vivir, exprimir cada momento acontecido, no inhalar el aire como mecánica función de los pulmones, sino mas bien comerlo, masticarlo y olerlo, matizar cada aroma y sentir en cada poro de la piel como penetra la vida, agradeciendo a Dios, supremo hacedor de todo cuanto nos rodea, el disfrute gratuito, sin tasa ni medida de tanta maravilla terrena.

lunes, 17 de mayo de 2010

Algunas confesiones nocturnas


Amo la risa, me gustan las personas que se ríen por cualquier cosa, aquellos que dibujan en su cara una sonrisa ante la adversidad, aunque yo no pertenezca precisamente a esa estirpe. En cambio soy un soñador empedernido, sueño despierto  y vivo en Babia y es así como viajo a lugares desconocidos y sueño con ser lo que nunca fui, ni seré, pero qué más da. Me gusta perdonar, pues no entiendo la vida sin perdón, al igual que no la comprendo impregnada de rencor, total pienso, para que odiar si este camino es muy corto. Con los años estoy aprendiendo a relajarme, a disfrutar de lo pequeño, de las pequeñas cosas que la mayoría no ve e ignora: la brisa de la mañana, los días soleados, las tardes de lluvia, en fin, tantos pequeños tesoros. Ahora estoy aprendiendo a pedir ayuda aunque nunca me costó demasiado. Es tan gratificante bajar los peldaños de la escalera de la prepotencia y decirle a una mano amiga: estoy jodido, échame una mano, no puedo más y en contraposición, colma tanto de alegría el hacer un favor que cada vez deseo más que me los pidan. Me gusta expresar lo que siento y ello me acarrea multitud de problemas, porque siempre carecí de la mesura necesaria que me indique lo que debo decir y por el contrario aquello que debo callar, y la vehemencia en mis exposiciones me acarreó problemas y males, pero supongo que así fue y así seguirá siendo, que le vamos a hacer sí seguiré diciendo lo que pienso.
Dicen que es bueno romper hábitos, pero a mí me cuesta infinito renunciar a mis preconcebidas costumbres: los vinitos a tal hora, la charla con los amigos, la dormida siestecita y leer, ante todo leer un buen libro. Mi amiga Mise, bibliotecaria del pueblo ríe cuando le digo que no se puede leer  cualquier cosa. Calcula, le digo, los libros que te quedan por leer hasta el fin de tus días y no te saldrán más de trescientos, así que elige con cuidado porque son miles los que te quedarán por degustar, y millones las cosas que te quedarán por aprender.

Tengo dos hijos, que son mis dos soles, Adrián de dieciseis años y Amparo de trece, que a veces como padre tardío que soy, cargo con cincuenta, me sacan de mis casillas. Me enfado, voceo y después me digo, sonríeles, habla con ellos, cuéntales tus cosas y ellos te contarán las suyas. Me gusta cantar en la ducha, sobre todo y ante todo al Sabina y a Serrat, en cambio bailar me vino largo, por ello en mis años mozos destrocé la barra de las discotecas y tal vez por eso, porque acodado en ellas escuchas y te escuchan aprendí ante todo el arte del palabrerío; reconozco que hablo como un papagayo y cargo con el  sutil defecto, que voy puliendo con los años, de tener poca capacidad de escucha.

Por último y antes de decir hasta la próxima, señalar, aun pecando de presuntuoso, que me encanta recibir un cumplido, esa palabra amiga que dice  “esto querido Mauro, lo bordaste” porque para que engañarnos ¿a quién no le halaga un halago? y a la vez, quien no se siente satisfecho con un reconocido agradecimiento, por ello a la vez que me gusta cumplir aquello que prometí y terminar todo aquello que desee realizar, no entiendo, ni entenderé a todo aquel que dice que se aburre, porque al menos para mí no existe el aburrimiento y tengo la fiel certeza de que esa palabra vana está borrada de mi pensamiento, porque si algo tengo claro en este existir cotidiano es que  a lo largo de mi vida me han de faltar demasiados días para realizar todo lo que quise ver consumado.