Andaba hace unos días este escribidor de poca monta paseando como gallo descabezado por los etéreos caminos del internet y desembarcó, como tantas otras veces, en el preciado cobijo de la cueva de Alma Cuevalagua. Y fue allí, oteando escritos y dichos con que alimentar mente y alma, donde tuvo constancia de la llamada de un personaje peculiar, que a modo de peregrino venía a pedir posada y aposento a quien a bien tuviere el dárselo.
Y pudo apreciar este manchego de “frente ancha”, que el individuo, barbado en cuestión, era persona de buen hacer y mejor decir, por lo que presto acudió a solicitar que tuviese a bien el parar en su posada, donde sería recibido con los honores que merecer merecía.
Así llegó hasta este rincón de ajados recuerdos y pensares José Antonio Fernandez Senovilla, de quien podréis degustar deliciosas viandas escritas en Pensamientos JFS, su blog y barco en estos mares internautas.
Y como muestra de ese buen hacer y sentir, me dejo un presente placentero y delicioso bajo el título de Creencias y Confianzas que vienen a ser recuerdos añorados del pasado que tanto nos gusta.
Os dejo con Senovilla, el peregrino de la blogosfera.
CREENCIAS Y CONFIANZAS
El peregrino de la blogosfera llega a un rincón lleno de arte y verbo, está hoy difícil mi invasión, pero bueno con recuerdos y aventuras de niñez me lanzo a intentar llegar a la altura de este gran escritor que hoy invado con el calor de una cariñosa acogida.
Aquél día compraba una nueva peonza con el ahorro de dos semanas de paga, el hombre bajito que luego supe que era un enanito, me había guardado una de las mejores peonzas que he podido tener, era de punta de lanza, acostumbrado a la punta redonda como estaba, aquella peonza sería mi primera arma mortal para destrozar las bailarinas de mis rivales, que por cierto aún recuerdo una de color rojo y verde que hacía la danza de los cuatro velos y rompía a golpe de lance sin compasión la de cualquier contrincante, hasta que nos lo jugamos todo en un circulo del terror.
El gran secreto de una peonza, me decía uno de mis mejores amigos, es que la punta no se le salga , para ello no hay mejor pegamento que la caca del caballo y a base de presión sería imposible que pierdas la lanza en los lances.
Así que con la corta edad de un renacuajo de la EGB, esperaba ansioso el paso de un carro conducido por un gitano y tirado por lo más parecido a un caballo, aunque era este más bien tirando a burro, lo digo por que esas orejas me recordaban a las que teníamos de castigo con brazos en cruz cuando no sabíamos los afluentes del tajo por su margen derecha en clase de D. Benceslao.
Niño detrás del carro en espera de una mierda, así cuatro calles más abajo resultó agraciado con su premio, todo un puñado de excrementos que serían la mejor recompensa al esfuerzo, sin asco y aún calientes, esa mezcla de hierba y heces los introduje en el cuerpo de la peonza para con la mayor presión del mundo mundial poner la punta de lanza y guardar en mi bolsillo la Tronadora que así era como se iba a llamar mi arma de matar.
De crédulo tenía mucho, pero de tonto muy poco, así que aquella peonza de color rojo y verde tendría que esperar a que mi Tronadora superase la prueba con los más débiles, fueron muchas partidas ganadas en tarde de bailarinas con círculos grandes de arena que hacían de escenario mortal para cuatro niños que les rompí el corazón al partir en dos sus peonzas, con lances certeros y llenos de ilusión de ser un campeón.
Llegó el momento, todo estaba dispuesto, hacía ya más de un mes que mi Tronadora se había ganado reputación, tenía un color marrón clarito pues jugando con el Betún de Judea no quise abusar y su lanza era ciertamente afilada, con la chaira de afilar el cuchillo de jamón que tenía el papá de un vecino, pues en mi casa no había ni cuchillo ni jamón, a lo sumo aún recuerdo algún hueso de codillo que usaba con sabiduría en la cocina mi abuela y sus pucheros.
Durante las clases de ese día los nervios estaban en mis entrañas, la mente estaba tensa y por miedo al castigo de excesivos deberes, contestaba todas las preguntas que se hacían generalizadas sin levantar tan siquiera la mano y teniendo que ser acallado por D. Benceslao en varias ocasiones que me amenazó con salir a dar yo la lección.
La peonza de color rojo y verde estaba ya anudada para ser lanzada, la mía también dispuesta a bailar, el coso esta vez no era arena, estábamos en el patio, cemento y tiza marcaban las reglas del circulo que ante mis ojos era más pequeño a lo acostumbrado para este juego. Lanzó su peonza y comenzó con su danza espectacular en todo el centro del cuadrilátero redondo, la mía llegó a bailar con un compás firme y convencido de ganar, pero llegado el momento en que iban a chocar, fue echada del ring y castigada con el tormento de un lance con ella parada, tumbada a su merced.
Pensé que ahí se acabaría todo, un golpe seco seguro que rompería mis esperanzas y tendría que volver a aquellos juegos de canicas, que para un niño tan mayor ya se me hacían aburridos y tediosos.
Tronadora aguantó el envite y dos más, así iba transcurriendo la tarde con mucha expectación por parte de los curiosos que rodeaban al que ellos creían que acabaría siendo el campeón, pero ocurrió lo que nadie esperaba y menos yo, su peonza bailaba a una velocidad de vértigo, el ruido parecía que iba a romper mi oído, y como acto reflejo lancé a Tronadora con los ojos cerrados al abismo de aquél tablao, con la suerte del novato que pega en todo el centro neurálgico de aquel color verde y rojo que partió en dos mientras mi color marrón clarito bailaba y bailaba sin parar como si el orgullo se le saliese en cada meneo.
Sabía que no podía celebrarlo, todos eran de cursos superiores al mío y un pequeño miedo, digo pequeño, no, estaba acojonado, se apoderó de mi con un rojo subido de tono en mis carrillos, agarré con más fuerza que nunca mi peonza y la guardé en el bolsillo, mientras con la máxima discreta forma de escabullirse que conocía me despedí de aquellos mayores rumbo a casa sin mirar ni un momento atrás, y sólo al sentirme seguro cerca de mi portal comencé a gritar como un poseso y a besar a Tronadora con la pasión de un enamorado.
El tiempo ha pasado y mis recuerdos no recuerdan ni se acuerdan de qué fin tuvo mi peonza ganadora, la Tronadora, pero cada vez que veo mierda de caballo cuando visito algún pueblo que aún conserva equinos, sonrío y cuento esta historia a mis hijos, que con cara de asco siempre me preguntan ¿Pero cogiste la mierda con la mano?

Maravilloso y entrañable relato amigo Senovilla, y cargado de recuerdos. Un servidor era nulo, por no decir inútil en el manejo de la peonza, que en mi tierra manchega llamábamos trompilla.
ResponderSuprimirNo sé porque infausta razón jamas fui diestro en los juegos de calle, aquellos a los que entre tierra y polvo, (... y perdidos en la actualidad), jugabamos los muchachos de entonces. Con las canicas, (... que aquí llamabamos bolas me ocurría tres cuartas de lo mismo). Lo de la mierda es trasladable a estos contornos porque había quien también lo hacía.
Me has traido al recuerdo aquellos tiempos en que entre las cuatro esquinas de mi barrio, jugábamos a tantos juegos olvidados en pro de plays y otros cacharros infernales que entusiasman a los tiernos infantes actuales. Ha sido un placer acogerte en este rincón de recuerdos que espera gustoso tu llegada en cualquier momento. Lo dicho, un gusto y un abrazo.
Yo le gané a una "mayor" al banderín en el patio de las monjas. Yo tenía ocho años, ella trece. Fue mi único momento realmente feliz en aquel colegio que odiaba con toda mi alma. Entiendo muy bien la sensación, Senovilla, yo también hubiera besado a Tronadora :)
ResponderSuprimirMe gusta mucho, mucho, como lo has contado. Un abrazo grande, bueno, un abrazo muuuuuuuuuuy grande en el que quepáis los dos.
Este viaje peregrino me está llenando de satisfacción en cada invasión, conocer gente tan especial como tú es lo mejor que uno puede llevarse de recuerdo en su talego.
ResponderSuprimirEstuve unos días leyendo tus escritos y el manejo tan magistral que haces del verbo y el castellano, desde el primer momento me quedé enganchado por no decir abobado, todos son especiales, con historias que te llenan y recuerdos que afloran en los pensamientos.
Ya estás en mis rss para ser de esas lecturas que me harán vibrar en estas horas que la blogosfera regala con gente tan especial.
Esta tarde le damos difusión en mi rincón y sólo puedo desear que mis lectores encuentran aquí todo lo que yo me llevo, un amigo, un escritor, un contador de vida.
Un abrazo agradecido y compartido con nuestra amiga en común que es también un regalo que dejó este largo viaje.
Una niña encogió su pequeña figura como un gazapo y logró ver entre las piernas de algunos chicos esta gran pelea. Años más tarde encontró la peonza ajada y sin color en un rincón del desván. Un abrazo para los dos!.
ResponderSuprimir¡Agggg! Yo como tus hijos ¡Con lo asquerosita que soy! Pero me acuerdo de aquellas peonzas, de las canicas o las chapas. Preciosos recuerdos que con magnifica sabiduría y hermosa pluma, has plasmado en esta estupenda parada.
ResponderSuprimirFelicidades a ambos y besos a repartir ;)
Muy bonita historía amigo. Yo recuerdo hacer barro con cualquier cosa y no sentir asco, me lo pasaba muy bién con mi peña. Bonitos recuerdos.
ResponderSuprimirUn saludo
Divina parada la de nuestro Peregrino en este lugar tan cercano y fabuloso, he estado ojeando la Factoría Navarro y me ha sorprendido mucho lo bien que escribe Mauro, me he hecho seguidora suya y lo he añadido con mis lecturas favoritas...
ResponderSuprimirBesos enormes a los dos y lindo fin de semana para ambos,
Ahora no encuentras una peonza de punta de lanza ni buscándola con lupa que los que cuidan de los súbditos han decidido que son tremendamente peligrosas para la integridad de los tiernos infantes. De hecho casi no hay ni de las de madera pesada con punta redonda, sólo de plástico ligero. Y yo me pregunto ¿cómo sobrevivimos nosotros, nuestros padres y nuestros abuelos a estas peonzas, los tirachinas y los bocadillos de pan con tocino y chorizo?
ResponderSuprimirEn cuanto a los cagajones de caballerías son totalmente hierba así que poco asco dan pero eso lo sabemos los que tenemos algún año y hemos ido al pueblo ¿verdad?
Salu2
Que hermosa historia y qué bien narrada, Peregrino Senovilla!!!
ResponderSuprimirQué bonitos recuerdos infantiles!!
En Argentina a la peonza le llamamos "trompo". No te entendía al principio de qué hablabas, hasta que me di cuenta que era de un "trompo"!!
Qué nostalgia tan linda...
Feliciaciones por el maravilloso post.
Y Felicitaciones al "dueño de casa", por su también maravilloso blog, que me quedo recorriendo.
Saludos cordiales a los dos!
Lau.
Un relato maravilloso cargado de sabor a tiempos añejos y cierto tufillo a estiercol
ResponderSuprimirUn saludo
Un poco pillin el Peregrino de pequeño jajaja
ResponderSuprimirEl relato es precioso,los recuerdos siempre estan ahí.
Un saludo a los dos
Un relato muy divertido y emotivo. Me ha gustado, gracias Mauro por compartir con nosotros este descubrimiento.
ResponderSuprimirRespondiendo a tu pregunta, por supuesto que los Ferrero Rocher son alimentos de dieta...pero de dieta dulce!Un saludo.
Lo ilusionante de este mundo es la cantidad de gente buena, o buena gente que te puedes encontrar en el camino.
ResponderSuprimirEl amigo Senovilla, sin lugar a dudas es uno de ellos.
Además nos deja un relato de esos que a mi tanto me gustan donde se refleja parte de nuestra vida contada de una forma sutil, amiga y cercana.
Me alegro de haber disfrutado tanto de este pasaje de tu historia y que a mi tantos recuerdos me ha devuelto a la memoria.
Esas trompillas zumbaban en las cuatro esquinas de mi calle donde "las mosquillas", que eran las trompillas mas pequeñas, se hacían las dueñas del cuarterón.
Un placer haberte conocido a través de este mi hermano del alma Mauro.
Un abrazo para ti, y como siempre un beso retorcío para Mauro.
Lo felicito con todo mi corazón de lectora.Muy pero muy bueno.Con un digno broche final. Cordiales saludos.
ResponderSuprimirGracias Senovilla por estos relatos entrañables, nunca es tarde para conocer a gente de bien, y creo sinceramente que tu eres uno de ellos.
ResponderSuprimirSigue el camino trazado por tu mente, y guiarlo con esa experta mano para congratularnos leyéndolos.
Un saludo afectuoso
Pepe
Buenos días..
ResponderSuprimirBello relato de niñez, bella historia escrita por nuestro querido amigo, Senovilla..
Ha sido un placer venir a leeros, y en cuanto pueda volveré... Gracias a los dos.. feliz semana.
Abrazos
Qué bonita historia amigo Senovilla, cargada de recuerdos. De aquellos juegos en las calles de tierra, cubiertas ahora por el frio cemento.
ResponderSuprimirHa sido un placer descubrir tu rincón Mauro. Bonita música, Serrat es grande como persona y artista.
Un abrazo.
Gracias a todos por vuestros comentarios, a los habituales y a los que se agregaron, que bienvenidos son a esta su casa. A partir de este momento os ofrezco las pobres viandas y bebidas que con esfuerzo pueda ir comprando y tened la seguridad de que aunque pobre sea la mesa, alegría y amistad encontrareis en ella.
ResponderSuprimirY al amigo Senovilla, gracias nuevamente por llevar en su peregrino pasar este puerto de relatos ajados hasta la casa de nuevas amistades. En una semana conseguiste mas que el escribidor en un año. A todos, un abrazo y llamad a la puerta cuando gusteis.
El encanto de nuestras geografías lingüísticas!
ResponderSuprimirAdmito que el Peregrino me las hizo difícil y que tuve que usar un buen GPS.
Solo entonces pude arrastrarme de la risa/pena. Compartiré la historia con mis hijos.
Mauro, tu casa invita. Me quedo!
Abrazotes
@Cassiopeia
ResponderSuprimirBienvenida seas entonces a esta que ya es tu casa. El peregrino Senovilla nos lo pone difícil a todos, ante todo porque si queremos estar minimamente a su altura habremos de esforzarnos sobremanera, pues su capacidad de trabajo no tiene limites. Me agrada que te sientas bien en esta posada de escritos donde no habrá de faltarte silla para compartir las humildes viandas que podamos ofrecer. Un saludo, desde el otro lado del mundo,(... que desde el otro mundo como te dije antaño, suena a eco de ultratumba), y un abrazo sincero.
Eres un sol.
ResponderSuprimirY hablando de soles y de mundos... todos vivimos en el mismo planeta y nos beneficiamos del mismo sol.
Mucho amor, nuevo amigo!
Ufff,nuevamente estoy con la lágrima puesta. Me invade la añoranza.
ResponderSuprimirSeñovilla me transportado a mi niñez cuando mis vecinos, hábiles con la "trompilla" hacían sus demostraciones ante nosotras las niñas,quizás, para impresionarnos.Sentía curiosidad en saber lanzar aquel artilugio y que éste bailara. Al final lo conseguí, eso sí, duraba poco dando vueltas.
Felicidades a los que hacéis que disfrutemos leyéndoos.
Saludos
Olaya
@Anónimo
ResponderSuprimirMira Olaya, Senovilla tiene la facultad de escribir de cualquier cosa que se precie de una forma maravillosa. Solo de imaginar este peregrinaje que ha emprendido visitando blogs a mansalva y escribiendo sin descanso me entra la tiritera. Si no conoces su casa visítala, te gustará. Solo tienes que pinchar en los enlaces que tienes en el margen derecho de la Factoría. Un abrazo.