Tengo el gusto, en verdad placentero, de abrir la puerta de esta fábrica de escritos, (…factoría, entre nosotros, es calificativo que le viene largo), a un amigo del alma. Figúrense, queridos lectores y seguidores de los devaneos de este escribidor de poca monta, si habrá de serlo, que tuvo el poder de convencerme para que viviese a su lado durante ocho inolvidables años los sinuosos caminos de la gobernanza del pueblo y sus aborígenes,(... o lo que es igual y a veces digo, del corral y sus gallinas).
Igual que en los carnavaleros días, aquellos en los que con maestría y acierto componía murgas y chascarrillos, hoy nos deja posos de vida pasada, recuerdos inalterables del tiempo transcurrido.
Os dejo con Los Puestecillos, que vienen de la mano de José Antonio López Aranda, (… a quien todos llamamos cariñosamente El Bajillo, en honor a su viajero padre).
Si señores, así como suena; en el año 1965, DIOS tenía un puestecillo en Santa Cruz De Mudela, concretamente en la plaza. Allí los más pequeños, invertían sus perras gordas en comprar garbanzos, altramuces, cañamones y pipas, al tiempo que admiraban un paisaje desolador: la vieja fuente de la plaza del pueblo .Efectivamente, este agujero que llamaban fuente era un armatoste circular de tres metros de diámetro y uno con cinco de altura, que estaba llena de excrementos de animales racionales e irracionales, ríos de meadas, montones de clavos oxidados y alguna que otra suela de crepé. Nadie jamás, ni los más antiguos del lugar la conocieron con agua .El tétano pasaba desapercibido por Santa Cruz de Mudela.
La fuente estaba situada en el centro de la plaza, que ubicada a dos metros del nivel del suelo tenía tres escaleras laterales para acceder a la misma. A los niños, cuando se les preguntaba de dónde venían, respondían de “ca dios “. Hoy recuerdo el libro de Ramón.J .Sender, “La Tesis de Nancy” y pienso que si hubiese estado aquí la protagonista de ese relato también escribiría que esta localidad “estába llena de niños muy católicos”.
Dios trabajaba en Las Sartenes, era cuñado de Tinilín y murió de muerte trágica, dándose la circunstancia de que por la misma época y de igual manera falleció otro vecino apodado el Chorra y como somos en este pueblo tan graciosos, se comentaba que Santa Cruz de Mudela era el pueblo más desgraciado del mundo, pues nos habíamos quedado “sin Dios y sin Chorra”.
En los soportales de La Campana, en la misma puerta del antiguo mercado, hoy Centro de la Juventud, ponía su puesto la Jeromilla, con especialidad en nueces y castañas asadas para el Día de los Santos. Nunca comprendí por qué se cambió unos metros más abajo, junto al surtidor de petróleo de Bernardo, dándole así a las castañas un sabor añadido y propio.
Ya inmersos en la calle Real, lugar de paseo y ocio de los eternos novios santacruceños, nos encontrábamos unos puestecillos humildes, comandados por dos buenas y ancianas mujeres.
Se encontraba el primero en la esquina de Amando, hoy Caja de Castilla La Mancha; allí se ponía “La Segunda”. El puesto era un cajón con pequeños compartimentos sobre dos ruedas de bicicleta, el habitáculo lo bordeaban unas sayas azules que cubrían una lata vieja de tomate llena de ascuas candentes para calentarse. Las chufas, cacahuetes, altramuces, cañamones y garbanzos tostaos los vendían en un pequeño cajoncito de madera (del que no recuerdo su nombre) que era la medida. Lo llenaba hasta arriba, y cuando lo vaciaba en el cucurucho de hojas de periódico ABC, la mitad de la mercancía volvía nuevamente a su lugar de origen .En torno al puestecillo, vivió el nieto de “La Segunda”, chiquete entrado en carnes, que hoy dirige los destinos de nuestro pueblo: el señor Fuentes.
Continuando, en lo que hoy es el supermercado de La Despensa, encontrábamos enfrente, en la puerta de don Otón a la suegra de Pío, apodada “La Caloras”, con otro puestecillo de las mismas características y precios. Circundaban a este sitio cantidad de huesos de aceituna que caían desde las alturas de la casa del antedicho, que almacenaba gran cantidad de tordos en su tejado. Siempre recuerdo ver a un vigilante (así se llamaban los antiguos policías locales) llamado “Pablito”, en el cruce de las cuatro esquinas, con un impoluto uniforme azul con trinchas y casco blanco, dirigiendo un tráfico que no existía, cuatro galeras, dos bicicletas, la furgoneta de Loreto y un trastajo de triciclo más bien sacado de vertedero, conducido por un muchachete de cuatro o cinco años que gastaba unas gafas de culo de vaso que parecían dos botellines; le decían “Maurito” y era hijo del “cojo Villanueva”, gran maestro zapatero, hábil en el betún y ducho en saborear los caldos del “morusco”.
Desde esa esquina en dirección al parque encontrábamos otro puesto, este fijo, que se ubicaba antes de llegar a la puerta del cine de Antonio Laguna, lo regentaba “La Ulpiana”. Aquí existían algunas novedades; las pipas no iban en cucuruchos, sino en bolsas verdes y rojas, la mitad de pipas y la mitad de sal, y cuando tenías los labios abrasados te costaba dos perras gordas echar un trago del botijo… y después la novedad, los fósforos. Los niños de esa generación teníamos las yemas de los dedos quemados por el contacto con el fósforo, o por rascarlos en la fachada que era de cemento bruto, es decir, igual que los nudillos del tío “Cleto” de “La Mazurca para dos Muertos”: “en carne viva”.
Y no nos podemos olvidar de la reina de estas actividades económicas, la Francisca “La Chotilla”, apodada también “La Pequeñita”. Vivía en la casa que hoy es de Paco, el hijo de Daniel, que fue santero de Las Virtudes y que está un poco más abajo que la del “Pica”, leñador de leñadores de Santa Cruz y que era de los pocos que por aquellos entonces sintonizaban la llamada Radio Pirenaica, ¡Ahí es na!
“La Pequeñita”, tenía puestecillo fijo y móvil, pues era muy viajera y la podías encontrar por cualquier calle del pueblo, a veces acompañando a su vecina churrera “La Margarita La Calva”, que enviudó y se casó con el “Santo Tablares” de Castellar de Santiago. Era tan pequeñita que cuando veías venir de frente el puestecillo por la calle Juan Domingo parecía que marchara solo, luego cuando te cruzabas con ella, veías que lo iba empujando.
El “Santo Tablares” venía con un chiquete pelirrojo algo grandón, y el día de la boda de su padre, cuenta Zabala, que era vecino de ellos, que le echaba los langostinos por la gavillera de su casa; y fue Pedro Zabala el que me comentó lo acontecido un ocho de Septiembre. Resulta que “La Pequeñita” contrató a un vecino de Santa Cruz, al que apodaban “El Viajante” para que le transportara el puestecillo hasta el poblado de Las Virtudes, y a Zabala, que tendría no más de ocho años, para que le ayudara en la venta. “El Viajante” era una persona enjuta y de rostro cetrino, que usaba un corto y ancho sombrero, gafas de cristales ahumados, viendo más sin ellas que con ellas puestas, que se dedicaba a hacer portes a quien lo pidiera con su carro y su mula. De pelo ralo, mirar huidizo, y la barba por parroquias, coincidía a la perfección con tres de las nueves señales de Fabián Minguela, (… ¿me entiendes, no?). Una vez ubicado en Las Virtudes el puesto de venta, parece ser que “ El Viajante” se dio gran maestría en manejar la bota, que no el agua del pilar, y cuando terminó la jornada y volvían para Santa Cruz, bajando la cuesta del puente por la nacional IV, “El Viajante”, posiblemente imbuido en los efectos del alcohol y con las gafas puestas (es decir, sin ver), bajaba a una velocidad endiablada, y según Zabala, no sabía si los Barreiros adelantaban al carro por la izquierda, o el carro a los Barreiros por la derecha; no obstante, en estos vaivenes, Pedro se llenaba los bolsillos de garbanzos y guijas, porque sabía que no iba a cobrar.
Otra novedad de la casa de “La Pequeñita” (el puesto fijo), era el sistema de vigilancia; tenía el carrillo en una habitación y en la pared, en un lateral del carro, había un espejo; así, al darse la vuelta para cobrar en el cajoncillo del dinero, veía sobre el espejo si algún chabalete le quitaba algo por la trasera.
Quiero dedicarle estas vivencias a Carmen “La Patirraca”, primera maestra de muchos niños de mi generación, en su escuela de cagones, santuario para nosotros de los primeros Peninsulares de la adolescencia.

Que maravilla leerte amigo mio, como nos llevas a esos lugares de tus recuerdos, como nos transportas a esos momentos pasados , que tu nos traes aqui y ahora. Aunque no te comente te leo, el tiempo me lo impide, pero ahora que es invierno pasare a comentarte mas.Un placer amigo , un saludo desde el sur
ResponderSuprimir:D Me ha encantado la referencia a Mazurca, yo también sospecho cuando dos señales o más se juntan, no hacen falta más, las otras vas mirando y dan que sí :D
ResponderSuprimirUn beso, Mauro y saludos Jose Antonio
Amigo Mauro: Hoy no tengo por menos que contestar, ya que por alusiones a la familia, ¡¡ nada mas y nada menos que a tres has sacado a colación !!.
ResponderSuprimirNo es que te vaya a reprochar nada, todo lo contrario, siempre es de agradecer que en el pueblo, se sigan recordando personas, -que aunque ya no están- están presentes.
No sé si inspirado por el “Bajillo” o por ti, lo mismo da, que da lo mismo, aludías a Dios en la plaza del pueblo, cierto era, y fíjate que te lo dice su sobrino político, que a tenor de lo que su dignidad representaba, quiero pensar que al menos tengo yo que ostentar la de “querubín”. Y mi padre, que también sale en estos recuerdos, así le conocían todos, por el mote de Timilin, Guardia Municipal, -al que si miras la foto en el último blog que puse, lo podrás conocer-, del cual yo soy su hijo menor, era hermano de la mujer de Dios, (nunca sabré si mi tía, q.e.p.d. concibió por obra del Espíritu Santo), siempre me quedé con la duda, y cierto es, que el pobre hombre, acuciado por no se sabe que razones, se suicidó en la fabrica de las sartenes, donde el trabajaba. Y para que veas que has tocado a toda la familia, la Francisquilla, o sea la “Pequeñita” de los “che-ches” era hermana de mi abuela paterna, vamos, la tía de mi madre, que aún sigue viviendo en nuestro querido pueblo, y a la que siguen recordando que, no solo era hija del “Puga”, mi abuelo, si no también de la “Chotilla”, que así es como conocían a la familia de mi madre por parte materna.
Nada amigo Mauro, que no sé si han salido todos estos recuerdos de tu magín, o por José Antonio, (al que desde aquí le envío un cordial saludo) has dado de pleno. No quiero terminar sin hacer un comentario sobre los demás que aludes, ya que tanto a La Segunda como a la Ulpiana , les he conocido y degustado sus “sabrosas” pipas y los altramuces “aguachinados”, amén de otras tantas delicias que nos ofrecían, y que fervientemente nos arrimábamos al lado del carrito de turno exhibiendo la peseta con la cual podíamos pagar lo que demandábamos, ya que en esos tiempos se solía escuchar antes de comprar el consabido, ¿pero tienes dinero para pagar?
Un abrazo lleno de cacahuetes, altramuces y otras delicatessen de la época envueltas en un cucurucho de papel de periódico.
Pepe
¡¡Cuanto honor Jose, encontrar por estos lares a una persona que ha significado tanto para mí, y por supuesto para el gran escribidor de esta "nuestra factoría". Por separado siempre he admirado vuestros versos de carnavales llenos de ironía y de mano izquierda. Yo guardo todavía en la memoria muchos de ellos, tanto de ti, como de Mauro.
ResponderSuprimirMe ha alegrado un montón reencontrarme con tu escrito cargado de nostalgia, sentimientos y buen humor, por supuesto.
Veo que conservas el buen gusto y esa "mano izquierda" que con maestría siempre manejaste.
Yo recuerdo algunos de estos puestos que tu relatas, sobre todo el de la Urpiana que comprábamos los regaliz enrollados con una bola de caramelo en el centro. Por cierto, al cajoncillo de madera, siempre que pedíamos altamuces, que si bien recuerdas, les decían "chochos", la medida era "una almorzá"
"Me da una "almorzá" de "chochos".
Lo dicho Jose, un auténtico placer y no dejes nunca de escribir.
Para ti un gran abrazo... y como siempre, para Mauro un beso retorcío.
@F. J. Zamora
ResponderSuprimirEn este caso aporto poco al escrito amigo Zamora, solo la introducción. Lo demás corresponde a un buen amigo. Veo que ya te llegó el ansiado descanso. Un servidor sigue con la cotidiana rutina pidiéndole a Dios que no falte. Un placer volver a acogerte en la Factoría y un cordial saludo.
@alma
ResponderSuprimirLa Mazurca para dos muertos es uno de mis libros preferidos y tal vez el que más me gusta de Cela. Las nueve señales del hijo puta que no se si se las sacó de la manga y que eran acertadamente: el pelo ralo o sea corto o escaso, frente buhida, cara pálida, barba por parroquias, manos blandas, húmedas y frías, mirar huidizo, voz de flauta,pijo flácido y domestico y avaricia. Ciertamente las sopesas y si coinciden unas cuantas tienes enfrente un ejemplar de reserva. Gracias por acercarte una vez mas por estos lares. Un abrazo.
@Cajón de Sastre de Pepe
ResponderSuprimirYa había un servidor imaginado que te sentirías identificado con el escrito por la referencia a tu padre y a Dios. Ignoraba que también La Pequeñita tenía lazos contigo. Un servidor, en verdad, no la recuerda. Estos son recuerdos de José Antonio, que es el autor del escrito y me pide que te envie un saludo afectuoso, ya que él si te recuerda a la perfección, (... este hombre tiene la memoria de un elefante). Un abrazo y gracias por seguir subiendo a este tren.
@José Testón Marín
ResponderSuprimirPara estos asuntos de contestar comentarios y otras cuestiones informáticas el Bajillo es "negao del to". Le puedes explicar una cosa siete veces y al final "na de na". Efectivamente quien tuvo, retuvo y guardó "pa" la vejez. En las murgas sabes que siempre tuve claro, que un servidor era un aprendiz a su lado. La fina ironía y aquella sutil inventiva, para sacar a relucir situaciones y hechos acontecidos, a mi solo me llegaba a retazos. A ver si se anima a seguir escribiendo y le pongo en marcha un blog propio, aunque me da la impresión de que ocurriría lo que con su señoría, que tiene el asunto escribidor abandonao en la miseria. Un saludo y besos retorcios.
Te has parado a evocar historias de tus recuerdos que explicas con todo lujo de detalles.
ResponderSuprimirPara conocer el presente hay que conocer también el pasado.
Un abrazo amigo.
http://ventanadefoto.blogspot.com/
@VENTANA DE FOTO
ResponderSuprimirAsí es. ¿Que somos sin recuerdos, sin pasado, sin agradecimiento por lo que nos dieron, que ineludiblemente forma parte de lo que somos?. Gracias por pararte en esta estación.
Cierto es que el cerebro guarda lo antiguo y olvida el presente, creo que el cerebro sabe lo que hace, gracias por por llevarnos de nuevo a "La Plaza" con pantolones cortos remendaos y algunos descalzos.
ResponderSuprimirUn fuerte abrazo querido amigo. Disfruta de estas fiestas y no solo ahora sino siempre. Feliz Navidad
ResponderSuprimirMauro...No cita nadie a Malaco.Creo que merece una especial mención, él y sus gafas.
ResponderSuprimirSerá que vosotros los más jóvenes no lo llegastéis a conocer?
¡Qué mayor soy!
@olaya
ResponderSuprimirSiempre he oído el refrán que dice: "veintiún chismes y medio y las gafas de Malaco", pero ni entiendo bien que quiere decir, ni conocí, o al menos no lo recuerdo a su protagonista. Debe ser que como en aquellos tiempos nos movíamos cada uno por las cuatro esquinas de nuestro barrio, aquel hombre anidaba por otros lugares del pueblo. Es importante llegar a eso que llamas ser mayor, porque es señal inequívoca de que viviste y gozaste. Uno tampoco va siendo un niño. Un abrazo.